jueves 27 de septiembre de 2007

DIA 17 – La vida, el azar y los supervisores

Si hacés las cosas bien te podés llevar regalos. Premios, vamos a llamarlos así.

Por ejemplo, una cintita roja que dice Vodafone muchas veces y que te sirve, si querés, para colgarte algo del cuello: groso. Eso sí, te la tenés que ganar. Gordis Chayanne tenía una, creo que por unas métricas que le habían dado bien, ya saben, las métricas, la suma y la resta de tus tiempos atendiendo clientes y despachando. Gordis era un talento. Y por eso se alzaba con esa clase de medallas. Me dicen que también te dan remeras, pero ya tanto me hace sospechar: ¿Una remera? ¿Con lo que sale?

Me gustaría saber cómo se produce la entrega de uno de estos chirimbolos. ¿Viene un supervisor, te da la cintita en la mano y ya? ¿Y vos le decís gracias? ¿Y el te dice gracias no, te lo merecés? ¿Y vos ponés cara de ay, no sé? ¿Y el te palmea la espalda? ¿Y vos sos feliz?

Parece que los chicos Siva medio que no existimos: somos la última casta del call.
“¿Te podés quedar un rato más?”, me dice una supervisora con dientes hacia fuera y cara de niña con responsabilidades. Después me explica: “Es que te imaginás que no podemos sacar a alguien de 123 para mandarlo a Siva”.
Los de 123 son el equipo titular.

Me desconecto un toque para poder entrar en Avaya. Abro una solapa que dice call history: ahí está todo, ahí estoy yo. Cada clic que hice desde que entré tiene su registro: horas, minutos y segundos de logueo, de break, de llamadas atendidas, de haberme hecho el boludo y haberlas dejado pasar.

Viene la supervisora de la cara niña: ¿Me figurás desconectado, pasa algo?

El headset de hoy no tiene cinta scoth: tiene cinta aisladora negra, que no es lo mismo: se nota menos.

Junto al teclado tengo una especie de botonera que, me dicen, se llama plantronic o algo así y parece que sirve, por ejemplo, para dejar en hold al cliente. Hay que asegurarse de apretar bien el botón de hold porque, ha pasado, vos creés que el tipo está en espera y no, resulta que está ahí escuchándolo todo. Vos decís huevadas mientras resolvés la llamada y cuando volvés hay un español que te pregunta: a ver ¿por qué dices que te rompo las pelotas? Si además tuviste la suerte de que esa llamada, justo esa puta llamada, te la grabaran los auditores de calidad, estás a un paso del despido.
Cuando entra un llamado, una grabación dice mi nombre y la bienvenida. Tuve que grabar tres bienvenidas: con buenos días, con buenas tardes, con buenas noches. Y el soft sabe qué hora es y cuál tiene que activar. Ya hemos dicho que el soft lo sabe todo.
Cuando termina la grabación, llega ella: la voz. Ese es todo un momento, un mundo entero puede estar del otro lado. Puede ser un grito, un llanto, un rumano. O, simplemente, un cliente con un problema.
Uno de los que mejor rankea es el que entró mal su clave pin y se le bloqueó el aparato. Algunos llaman con la voz de quien lo ha perdido todo para siempre. Otros, más cancheros, te dicen: “código puk”.
A la derecha de mi pantalla, tengo un árbol de opciones. Pin y puk, así como suena, es la locución, la grabadora, que te dicta el código que sirve para volver a tener lo que ya no tenías. Hoy derivé cinco códigos puk seguidos, y sentí que la aventura del call no tiene fin…

Hace dos días que no veo a mi chico de la Hoz. Tengo miedo de que vuelva y no nos encuentre. Pasado mañana nos mudamos y, ahora sí, nos juran, vamos atener nuestra propia supervisora, que es como una mamá a quien irle con tu vida siempre que tu vida no estorbe su trabajo.

El tema del supervisor es el correlato de la suerte y de la vida. En un lugar donde todo quiere estar tan medido y controlado, el azar no alcanza en ningún otro momento un protagónico tan grande como en el tema de qué supervisor “te toca”. Porque a vos no se te asigna un supervisor, no se te transfiere con. A vos el supervisor “te toca”. Y ese es un ingreso en tu vida.

Si nos toca el chico de flequillo, dientón y medio jorobadito, zafamos: no puede ser más amable. ¿Guido se llama? Si nos toca platinada platinadísima, mejor pedir un traslado a Oriente Medio. Laura M. es mala y le gusta serlo. No sé por qué hay gente que cierra tan bien su personaje: tan redondito, predeterminado. Platinada platinadísima es como una mala de Chiquititas, así, de un tirón, el trazo grueso de Cris Morena imaginando una supervisora de call center.

miércoles 26 de septiembre de 2007

DIA 16 - Al otro lado de la avenida, el mal descansa

3:37 de la madrugada, abro los ojos. Debería llevar 37 minutos logueado, pero estoy en mi vieja cama. Bien, hoy llegamos tarde.

Nadie me dice nada. Pero no por indulgencia, sino por desorganización: todavía no tengo supervisor. Y los que están no me tienen visto, no están seguros si estoy yendo, viniendo o soy el chico de la limpieza.
¿Respiramos, entonces?
No, porque el sistema lo sabe: el sistema sabe que me logueé exactamente 4:23. Y vos sabés que el sistema lo sabe. Y ellos saben que vos sabés que el sistema lo sabe. Ese es el control. En todo caso, eso es lo que podríamos llamar maltrato, si, ponele, de maltrato tuviéramos que hablar: la apropiación de la información y los registros, mucho más allá de la puesta en marcha de una sanción, o no.

La ciudad. Es maravillosa en la puerta, en la calle, a las cinco y media de la mañana, esa postal del vacío.
Al otro lado de la avenida, el mal descansa. El mal, digo, lo que resulta cómodo, ganancial y facilongo llamar el mal: los edificios de la patria corporativa en la justa mitad de su sueño, restaurándose.
En línea recta, El Ancho: el edificio Movistar, negrito y peleagudo. A la derecha, más largos y un poco en yunta, Gog y Magog: Sun Microsystems y Consultatio. Más lejos, con su frente de alta parrilla, Microsoft. A la izquierda, el gran elefante blanco: IBM. Y allá lejos, bien lejos pero cogoteando con impertinencia, un poco queriendo pertenecer, la torre de los ingleses.
De este lado, un puñadito bastante tristón de chicos en zapatillas apurando un pucho en el frío. Y yo estoy ahí. Ahí estamos.
Corre viento, pero el latón verde cuadrado que dentro de un rato será un kiosko de revistas sirve de amparo. Durante el primer break no hay kiosko: hay que esperar al segundo, después de las siete. Ahí sí, a la vuelta, sobre Paraguay, 60 metros en subida, un angosto localcito abre sus puertas para ofrecer las delicias gastronómicas del microcentro: un pebete, un triangulito de miga, una bolsa de maíz inflado a un peso veinticinco. Mi preferida es la noble medialuna con jamón y queso y su complemento suficiente: el sobrecito de mayonesa. Sabiéndolos combinar y con la dosis justa del microondas de la sala de break, resultan un plato con personalidad.

Antes de subir, le pego una última mirada a la ciudad dormida. Y me acuerdo.
Hay un poema de Borges, no sé si está en Luna de enfrente o alguno de esos primeros libros orilleros, que dice que el mundo, a la hora del sueño, corre el riesgo de desaparecer. El poema, Amanecer se llama, habla de unos de esos juguetes metafísicos que al señor Borges tanto le gustaban y postula, muy schopenhauerianamente, que las cosas existen porque hay alguien que las percibe. Y que en la noche, cuando todos duermen, a Dios le sería fácil aniquilar del todo su obra. Dice que los despiertos son los que salvan con su vigilia y su percepción al universo. Así que acá estamos, más modestos, salvando por quince minutos que no pueden ser quince minutos y diez segundos, la esquinita de Alem y Paraguay.

Subo.
Subimos.
Me calzo el head set.
Bip: semáforo verde.
vodafonebuenosdíasminombreesalejandroenquélepuedoayudar
Es un argentino: mi primer argentino.
Me cuenta que recargó su cupón (posta que no me dice tarjeta, me dice cupón y yo pienso en los argentinos que hablan con acento español, el hijo de Jairo, la Cherubito, y en cómo hablarán cuando van a España y nadie les pregunta por su acento) y que no sabe por qué carajo (posta que me dice carajo, ese sí le sale bien argento, la C clavándose con fuerza en el aire de su voz) no se le acreditó.
Le pido el número de su móvil. Me lo dicta con resignación. Le digo que voy a transferirlo con el sector correspondiente muchas gracias por llamar a Vodafone. No me dice nada. Se va. Yo concluyo: el techo de rabia del cliente español es el piso de rabia del cliente argentino. Ellos llegan hasta el exacto lugar donde nosotros comenzamos. Cuando un español se enoja mucho, se parece a un argentino estándar. Quizá estén mejor domados. O será que viven más satisfechos.

lunes 24 de septiembre de 2007

DIA 15 – En la mitad del camino

Quince días de vida call center. Faltan otros quince para completar el mes de laburo. Y yo, con la esperanza intacta. No tengo muy claro esperanza de qué, pero intacta.

En mi pantalla hay un semáforo en verde y uno en rojo. El verde tiene que estar activado para que puedan entrar las llamadas. Cuando lo activo, el sistema registra mi ingreso y en la máquina de mi supervisor (y del resto de los supervisores) el soft delata: el código acd 76342 está activado.
Cada vez que entra una llamada escucho un leve chirrido, como la señal de un contestador, tal vez un poco más débil. Y después, el cliente. Casi siempre.

Algunos llaman borrachos, ya lo dijimos. Otros, los rumanos, lo dijimos también, para practicar español. Y algunos accidentalmente. Pasa bastante con los bebés. Padres ibéricos que les dan a sus bebés ibéricos el celular para jugar y entretenerse, y la criaturita le da al redial, repite el último llamado y entonces yo debo empezar un diálogo con alguien que me dice: ga.
Como estoy obligado a decir la fórmula de bienvenida, aún sabiendo que estoy saludando a gente que no cumplió los diez meses, se forman diálogos como este:
-Vodafone buenos días, mi nombre es Alejandro ¿En qué puedo ayudarle?
-Ga, ga.
-Usted se ha comunicado con su servicio de atención al cliente, ¿hay alguna consulta que desée realizar?
-Ga.
-Muchas gracias por llamar Vodafone.

No hay autoestima que resista una conversación como esta.

Me consuelo pensando que tal vez, océano de por medio, aceleré la introducción de alguien al fascinante universo de la lengua de Cervantes, pero el engaño no dura. Primero porque el segundo bebé que llama te refresca las edificantes políticas internas de la empresa, que pueden hacer que le hables con lenguaje articulado a una persona cuyas facultades intelectuales se encuentran en un incipiente estado de desarrollo. Boludito, de mi.
Y segundo, porque esto que suena como español, se pronuncia como español y parece español, es el español que mi call center quiere que sea.

De Herminio Iglesias a Carlos Fuentes, no hay acto de libertad como el habla. Quiero decir, nadie retrasa la espontaneidad de una locución en busca de una moral sintáctica que la regule. Pero si una empresa la paga a otra empresa para que te pague a vos por tu habla, entonces las cosas cambian.
En la práctica, no hay manera de cumplir con lo que pide la empresa acerca de ser espontáneo (creo que mi Manual para Nuevos Ingresos lo llama “ser personal”) cuando un sistema de vigilancia opera ya no sólo sobre tu habla sino sobre las posiciones que debe adoptar tu cuerpo para que ese habla se produzca.

Tres cosas que me dijeron que por favor no diga:

-Esteee…
-Aguarde en línea
-No

Esteee…: porque sugiere inseguridad.
Aguarde en línea: porque parece que le está pidiendo al cliente que haga dieta. Gordis Chayanne fue la primera que me lo advirtió.
No: porque nunca se le dice que NO a un cliente, hay que buscarle la vuelta.
(También me sugirieron que no use expresiones como “hay que buscarle la vuelta”. Parece que por vulgares)

La cuadratura del box y la sobrerregulación del lenguaje nos son instancias funcionales al bienestar del tipo que se mete cuatro, seis, ocho horas por día en ese box y utiliza ocho, seis, cuatro horas por día ese lenguaje. Digo, tal vez no tenga por qué serlo (o sí, tendría, ya sabemos) pero no esperemos que alguien deje su lugar luminosamente. No es resplandor lo que uno se lleva de un call center.
Un abogado del diablo podría decirme que no es resplandor lo que uno va a buscar allí, sino un salario.
Yo retruco: un salario nunca es un salario solamente, porque un salario tiene dos valores: el material, representado en su poder adquisitivo, lo que te podés comprar con eso que ganaste. Y el simbólico, representado en esa categoría tan resbalosa y maltratada de la historia argentina que conocemos como dignidad del trabajador.
El valor material, el del poder adquisitivo, por pequeño que sea, ese sí el call center permite que te lo lleves.

viernes 21 de septiembre de 2007

DIA 14 - El imperio Avaya

Sigo sin ver a mis amigos. Digo, los veo, pero ya no somos lo que éramos.

Y sigo sin ver a mi operador nacionalsocialista favorito chico de la Hoz, nieto ilustre del ilustre don Alfredo. Una poco porque falta día por medio. Creo que mucho no se la banca. Igual, por lo que sea, ya no lo escucho decir sus cosas. Sus cosas: que la democracia fracasó, que la inseguridad es un problema de la democracia, que "ellos" ya van a volver. De verdad se zarpa, a veces. Y de verdad no tiene conciencia de estar zarpándose. Cada vez que lo escucha La Peque, que tiene familiares desaparecidos pero que está bien lejos del perfil militante trosko marchita pancarta ni olvido ni perdón, se lo quiere comer crudo. Ay, mi amigo Andrés. Extraño esas ganas de molestarlo un rato, y después decir no, pobre, y después contarle mis sospechas de su comportamiento pedófilo y después decirle que no, era joda, y después que no, que era en serio, que los curas se cogen a los nenes, y después que no, era joda, y ver cómo su cara pasa del espanto al relajo al espanto al relajo y después dejarlo ahí, pensando si de verdad soy su amigo. Era divertido.

El box, no me jodan, es una patología.

El box es un lugar sin marcas, un festín para semiólogos. Su cuadratura es el correlato de la cuadratura del trabajo, su expresión material. No se puede pegar nada allí: una foto, un escudito de Newell’s, nada. Sólo te permiten tener el mate-a-mate o matematic o, por su nombre científico, termo autocebante: un tubo plástico con el que podés tomar todo el mate que quieras sin cebar. Te lo encontrás box de por medio y es la bebida del telemarketer argentino.

En el call, la única comunicación posible es hacia las profundidades del box, en su justo centro, donde refulge la pantalla de la computadora, y allí el imperio Avaya, el soft que todo lo mide, cada movimiento de tu mouse, cada segundo de más en el break, cada duración de cada llamada. Avaya te está observando.
Avaya te dice que atiendas (De verdad, la ventana que se abre dice: “el cliente te está escuchando, habla”. Y el uso del imperativo no puede ser casual.)
Avaya mide tus tiempos y tus tiempos no pueden ser cualquier tiempo.
El promedio para resolver un reclamo es de 4’13’’. Para rutear a un cliente (SIVA, lo que yo hago) 30 segundos.
Avaya sabe si lo hice en 31.
Avaya sabe si me fui de break más de quince minutos.
Avaya no sabe qué hago mientras.
Avaya no tiene interés en saberlo.
Avaya sabe que me deslogueé para break a las 5:07:15 y me volví a loguear a las 5:22:37.
Avaya sabe que hoy me pasé 22 segundos.
Es todo lo que Avaya necesita saber.
Avaya sabe que hay una llamada y yo no la estoy atendiendo
Avaya sabe que hay tres llamadas en cola y yo ni mu.
Avaya sabe que me tiene que enviar una orden cuando no activo el semáforo verde que pone al cliente en línea
Avaya me envía un pop que explota de golpe en mi pantalla y dice: ¡Conéctate!
Avaya después le cuenta todo al Force, el departamento que todo lo controla.
Y Force arma mis métricas, y capaz que me dice que estoy lento, que tengo que resolver mejor, y como también me grabaron pueden mandarme a la auditoría de calidad. Y que qué está pasando con mi sonrisa telefónica.
Avaya está triste.
Avaya está solo.
Avaya no puede conseguir amigos.

6:07: clientes mil.
Mi vincha no se de desliza porque está agarrada con cinta scotch. Ahí está, ahí salió. Ahora, sí: a trabajar contento.

jueves 20 de septiembre de 2007

DIA 13 – Yo, el desdoblado



“Mire, que un caballero
me ha mandado un mensaje
de que me quiere conocer,
pero no ha dicho
ni dónde ni a qué hora.”
(Una clienta)




¿Cuándo se termina el franco? ¿En qué momento?
¿Es cuándo empezás a pensar, a sentir, que ya se termina?
En el instante en que ingreso mi clave acd, técnicamente: allí se termina.
Pero, en rigor, el franco había terminado diez minutos antes, cuando me bajé del 152.
Pero, en rigor, el franco había terminado media hora antes, cuando me subí al 152.
El franco termina cuando lo único que queda por hacer es esperar a que termine.
Mi día 12, también, fue somnífero. Como sea, ya estamos de vuelta.

Bueno, resulta que esto se llama call center Off Shore. Viene ser el call que atiende clientes de otros países. Yo soy, entonces, un agente off shore. Nunca había sido un tipo off shore antes. Este trabajo te sorprende todos los días.

El universo call center va de a poco desarrollando su mitología fundacional. Hay una anécdota que da vueltas por los boxes de todo Buenos Aires: una señora, en su casa de Madrid, en su casa de Barcelona, según la versión que te toque, ve en las noticias de la tele que se está incendiando el edificio de su compañía de celulares. Rápido, marca el número de atención al cliente. La atiende alguien de este lado, podría haber sido yo mismo, y la señora, instinto de abuela, le dice: ¡Vete de allí, hijo! ¡Vete ahora mismo que te vas a prender fuego!

Hoy me crucé a mi ex formador, el de las vacaciones en Las Toninas. Me dijo que lo importante, en esta etapa, es ponerse canchero con el glosario, porque ahora es cuando más se te escapan esos argentinismos impertinentes que dejan a los españoles medio de culo.
Así que repasamos:
Celular se dice terminal
Clickear se dice pinchar
Ocupado se dice comunica (esto en serio: si un tipo les dice “pero es que mi línea comunica” les está diciendo que le da ocupado. Posta.)
Numeral se dice almohadilla
Problema se dice incidencia (problema, parece, es muy grave, mete un poco de miedo. Así que diciendo incidencia no debería haber problema)
Centavos se dice céntimos
Tarjeta se dice cupón
Lapicera se dice Boli (¿tiene boli para apuntar?)
Días corridos se dice días naturales (a partir de hoy, diez días naturales)
V corta se dice Uve
Manejar es conducir (En su momento, Gordis Chayanne no explicó que allá manejar es pajear, pero no sabía cómo decir pajear y hasta que apareció el formal masturbar pasaron unos segundos de lo más incómodos)
Video se dice vídeo (Es tremendo que algunas ya las sepamos sólo de tantos discos de Sabina que hay dando vueltas)
Señor Carlos se dice Don Carlos (otros nombres mi Manual no especifica)

Hoy lo que no funciona es la tecla siete del tablero numérico, así que cada vez que un cliente me dicta su número, tengo que ir al qwerty. El head set tampoco hoy tiene almohadilla, pero sí el emparche con cinta adhesiva, que ya es parte de su diseño.

Me pruebo en la habilidad del telemarketer con experiencia: hacer alguna otra cosa mientras se resuelve una llamada. Leer, por ejemplo.
Me va mal.
O no leo, o no escucho. O termino leyendo lo que alguien me dice por el auricular: un desdoblamiento imposible. Supongo que es de esos saberes que llega con los años, con la puesta a punto del oficio.

Me traje “¿Quién habla? Lucha contra la esclavitud del alma en los call centers”. Es un libro compilado por los Teleperforados, que siguen sin aparecer acá adentro, y otras organizaciones molestas para la industria. Hay que leer sin que nadie sepa que estás leyendo, así que pongo el libro bajo el buzo, pero el buzo no puede estar en el box, así que pongo el buzo bajo el monitor. La verdad, se hace difícil. digo, no conviene traerse Los Sorias.
Mientras una señora me explica que le descontaron no sé qué cosa no sé bien cuando, trato de completar este párrafo: “El salario remunera, de manera personalizada, la autogestión de la obediencia. Un valor-obediencia. El trabajo y el proceso económico mismo aparecen más que como un proceso de producción, como un proceso de (auto) control”. Creo que la señora cortó cuando iba por “proceso económico”.

Seguimos sin supervisor, sin supervisora. Seguimos siendo de nadie.

martes 18 de septiembre de 2007

DIA 11 – Todo el tiempo para mí

Bien, primer franco.
Vamos a aprovecharlo.
Me voy a tirar un rato y después salgo a hacer cosas.

(Nueve horas más tarde…)

Buenísimo.
El despertador no sonó.
Las cosas ya no se pueden hacer.
Y mi primer franco se esfumó mientras dormía.

Es raro, porque cuando te deslogueaste, ya está. El call no existe. Vos te vas y otro llega a resolver las cosas que hace días venís resolviendo. Lo curioso es que siga existiendo aún cuando ya no existe: que siga ahí. Al menos esa es la impresión que me queda cuando, en casa, sentadito frente a la tele apagada, imagino a mi vieja amiga la consigna “resolución de la llamada = satisfacción” rebotando en los bordes internos… de mi tele.
Mejor prendo.
Está Tinelli. ¡Genial, me recopa Tinelli! Me gusta cuando patea pelotas a la tribuna. Es como si nos quisiera dar más de él, más de lo que ya nos da.
De pronto veo a “resolución de la llamada = satisfacción” ahí dentro, en el piso, bailoteando en el aire, pasando por detrás de cámara, un cordón de letras que flamea loca por el espacio, como los anuncios de las avionetas que pasan volando bajito frente a la playa. “Resolución de la llamada = satisfacción” se le mete al conductor por una oreja para salir inmediatamente por la otra, y los de seguridad manotean en el aire, y el negro Luengo le saca fotos. Y nadie puede atraparla.
Nadie.
No podés vos.
No puedo yo.
“Resolución de la llamada = satisfacción”
Me despierto.
Estoy en casa, sentado frente a la tele apagada.
Mejor prendo.
Está Tinelli.
¡Genial, me recopa Tinelli!

lunes 17 de septiembre de 2007

DIA 10 – Horita y media, no más

4:37. Pasa un supervisor que usa saco de cuero Matrix el elegido y me dice con un suave golpecito en el hombro: “no te duermas”. Yo pego un salto y pongo cara de lo siento, estúpido yo, esclavo malo, malo.

El sueño, otra vez: un enemigo devoto.

Voy a tomar el break. Me levanto. Se lo pido a mi supervisora de turno. (Al margen, van diez días corridos y todavía no tenemos supervisor asignado: ya me han dicho que somos de nadie.) Supervisora de turno responde: de a uno chicos, no pueden salir todos juntos.
Bien, de a uno.
Pero somos seis en el grupo, así que el primero va ahora mismo y el último sale break dentro de una hora y media, a quince minutos cada break. Se lo explico a la chica, con onda se lo explico, le hago la cuenta, todo. Pero señorita supervisora me dice que por ahora es así, que hay muchos llamados en el skill. Se queda. Me quedo. Hay unos segundos donde ella me quiere hacer creer que ya volvió a lo suyo y yo qué hago que sigo ahí, parado como un preceptor. Pero yo sigo ahí, parado no como un preceptor sino como un agente SIVA que quiere su cafecito y se tiene que ir a sentar con la novedad de que no, el cafecito no, a menos de que convenzas a tus compañeros para que te dejen salir primero.
Okay. Vuelvo al box, cojo una llamada: “los sudacas, en nada. Los sudacas como tú, en nada. ¡Adiós, hijoputa!”. En serio, qué laburo copado.

Les tiene que haber pasado: para despertarse ponen el radio-despertador y en un momento impreciso de la mañana terminan soñado con Magdalena o Pergolini, según lo que hayan dejado sintonizado. Después abren los ojos. Después dicen: ah, era la radio.
Bien, a veces soñás con clientes. Una vuelta yo estaba en la cocina de mi casa anterior, pero yo no era yo, y pasaba mucha gente gritando: ¿Me escuchas, tío? ¿Oye, me escuchas?
Los clientes también tienen eso, te despiertan. Si te toca una de esas señoras con pánico tecnológico es como si te despertara tu abuela.

Se vienen los primeros francos: mañana y pasado. Bien. Nos dicen que después ya vamos a ser de alguien: es decir, que vamos a tener un supervisor nuestro y solo nuestro. Y que tal vez sea una supervisora. Y también parece que nos mudamos, que salimos del centro tan corporate y nos vamos al Once de las telas y el mayoreo. La pregunta de la mañana es: ¿y ahí qué me deja?

viernes 14 de septiembre de 2007

DIA 9 – ¡Hola, chicas desnudas!

Cuatro y media en Buenos Aires. Nueve y media en España. Pocos llamados. Embole. Sueño: problemas con mi sonrisa telefónica.
Un español que parece volver de su caravana me canta al oído: “soy un pimiento, soy un pimiento de verdad”. Después creo que llora.

Miro el piso, una estética de lo seriado.
Los lugares se van transformando en lo que venden. Las carnicerías son frías y grasosas, un pedazo de cuadril enchastrando el mármol. Los cines porno son sucios y oscuros, como nos enseñó el judeocristianismo que es el sexo. Los call center son tensos y susurrantes, una charla entre desconocidos.

Cuento: nueves filas dobles de PC. Hay casi unas cien máquinas. Todo dentro de una especie de arquitectura al paso: las cosas como apoyaditas. Los boxes, las oficinas de los jefes, todo es un kit de tablitas y tornillos listo para ser desarmado, en el caso en que hubiera que ponerse a desarmar, digamos.
La única pared de verdad es la pared donde termina el edificio. Allí, de espaldas al revoque, sentados frente a sus máquinas, sobre una plataforma que los eleva medio metro del suelo, están los supervisores. Desde su altura, mínima pero suficiente, ven al ras la fila de boxes que se extiende hasta el otro lado del piso. Simpático, el panóptico.

Llevo en mí la sabiduría de mis maestros que me marcaron a fuego: no se atiende clientes de pie. Así que cuando me paro, lo hago con el temblor de quien hace lo incorrecto. Una supervisora, muy flaquita, platinada platinadísima, con una gran necesidad de sentirse rubia, me clava la mirada apenas asomo. Después se hace medio la boluda. Después me vuelve a mirar. Después la boluda otra vez. Yo hago movimientos del tipo ay, me contracturo, pero sé que no puedo hacer durar la escena más de 20 segundos. Hasta que no me siento, platinada platinadísima no deja de relojearme.

Un cliente dice: “hola, chicas desnudas”. Parece que hay una opción “adultos” que la compañía les ofrece a sus clientes. Y los tipos llaman, lógico. Yo, que no tenía idea, le repito el saludo + nombre + en qué puedo ayudarle. La voz no parece estar interesada en abrir el diálogo: “chicas desnudas”, insiste. Hay una opción para llamadas de broma que me permitiría cortarle, pero decido utilizar al cliente para ponerme de pie de una vez por todas y encarar a un supervisor. Dejo en hold a mi amigo el onanista con el miedo de provocar un túnel oscuro rebotándome en la cabeza. Busco a platinada platinadísima pero no la encuentro. Me ayuda otro supervisor, un chico flaquito y de flequillo, buena onda. Me explica que sí, que también hay de eso, que bla que bla. Y me termina diciendo lo que me van a decir de acá al final de mis días en el call cada vez que haga una pregunta: “transferí”. Vuelvo. Habrán pasado unos 50 segundos, y el tipo sigue ahí. Me dicen que el español te espera así te hayas tomado vacaciones. Tranfiero. A veces me gustaría saber que será de los tipos que transfiero.

jueves 13 de septiembre de 2007

DIA 8 – A 45 segundos de la perfección

Hoy debo haber sacado unos 40, 50 llamados. Una uruguaya quería roamnig, una mujer me preguntó si tenía la polla grande y todos los rumanos de España pasaron por mi auricular.

Parece que el tema es este: la colectividad rumana viene creciendo en la península, no sé que pensará el Partido Popular. Los tipos se compran un telefonito cualquiera, apretan tres botones y enseguida tienen a uno (a mi) del otro lado que les habla en un español que estará todo lo mal regulado que quieran, pero sigue siendo español. A esta altura, los rumanos están perfectamente al tanto de algunas políticas internas de su empresa de telefonía móvil: que su agente de atención al cliente no puede ser nunca (digo: nunca) quien termine la comunicación, por ejemplo, lo que les permite practicar su español de recién llegaditos e ir convirtiéndolo en algo parecido a una segunda lengua. La clase dura lo que ellos necesitan que dure, y es gratis. No puedo evitar que me caigan simpáticos: después de todo, los tipos descubrieron cómo hacerle pagar a la empresa que me contrata y a la empresa que contrata a la empresa que me contrata su curso de castellano básico. Al rato, cuando se cansan de las palabras sin traducción, con la delicadeza de un jabalí, te gritan en el oído: ¡Operadórumano! Y ahí los transferís. Creo que un poco los quiero.

Mi silla de hoy está rota: el respaldo no se ajusta y cada vez que me estiro hacia atrás, medio que me voy. El head set está emparchado con cinta adhesiva y no tiene almohadilla. Ninguno la tiene. La Peque dice que para ella, mejor así.

Todo fue cambiando bastante. Esto no se parece a los días de gloria cuando Gordis Chayanne nos hacía imitar el timbre del teléfono. El box se queda con vos, con todo de vos. Y se va volviendo más difícil hablar con la gente. Mi operador nacionalsocialista favorito es una cosa rubia un puñado de boxes más allá y ya casi no escucho sus deseos de que Macri gane en la Capital. Chico Recursos Humanos tiene el corte del profesional que llega, hace su laburo y se va. La Peque, en cambio, no logra sacarse de encima cierta abnegación del tipo: tengo que estar acá, por mi hija, por mi familia, tengo que estar acá. Se viene del Lanús profundo, La Peque. Su esposo la mira desde la ventana cuando sale a tomar el bondi que pasa dos y cuarto por la esquina. Calladita y breve, La Peque es esa clase de chica sin tiempo para hacerse la nena que se va quedando con tu respeto sin pedírtelo.

Salgo de break: Me tengo que desloguear y loguearme y desloguear y loguearme otra vez… el logueo, en un call center, viene a ser el correlato de la existencia. Logueate, porque si no, nunca estuviste aquí. Podés trabajar todo el día, hacer las cosas bien, hacer las cosas mal, correr desnudo por le pasillo o morir allí mismo, que si no te logueaste, flaco, no me jodas, vos no viniste. Puede suceder también que por error te loguées con la clave de otra persona y lo que trabajes ese día ¿adiviná quién lo va a cobrar? El control es control digital, no le pidas delicadezas.

Bueno, nada, que me voy de break.
En mi pantalla un reloj va marcando el tiempo. Vuelvo a los 15 minutos y 45 segundos. Mónica, una chica morocha y sonriente que se saca la cadenita por sobre el cuello de la polera, me ayuda con las claves. Y me dice: tené cuidado, te pueden apercibir.
-¿Por qué?
-El break son 15 minutos, no quince minutos con 45 segundos.
-¿Me pueden apercibir por 45 segundos?
-Sí, claro, no va a ser la primera vez.

No lo fue, finalmente. Pero no faltará oportunidad.

miércoles 12 de septiembre de 2007

DIA 7 – El show creativo

Primer día de trabajo, digamos, real.
Se los resumo en unas pocas líneas:

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Bien, listo por hoy. A casa. ¿Alguien se toma el 152?

martes 11 de septiembre de 2007

DIA 6 – No mentirás (o en todo caso, lo vamos viendo)

Mi profe (no se dice profe, se dice formador). Bien, mi profe me explica que no debemos decir dónde estamos.
-¿Cómo es tu nombre?
-Seselovsky
-Bueno, nunca digas dónde estás.
-¿Qué hago si un cliente quiere saber?
-No te van a preguntar.
-Alguien puede llamar y querer saber desde dónde lo estoy atendiendo.
-Entonces decile que por razones de seguridad la empresa no informa el lugar físico de atención al cliente.
-¿Eso no es mentir?
-No, es así, es por razones de seguridad.

Me quedo, no puedo no quedarme. Y me pregunto: ¿qué me están pidiendo? Debe ser por razones de seguridad, claro. Cómo van a pedirme que falte a la verdad, no se me ocurre. No debe tener nada que ver con que a un cliente español le disguste que su empresa negrée jóvenes precarizados del tercer mundo y que aproveche sus economías devaluadas para pagar un tercio de lo que debería pagarle a un joven español que lleva el acento como Dios manda y qué joder. Seguridad, eso mismo. Además, lo dice la Palabra: lo dice mi Manual.

En la sala de break, escrita a mano, con letra prolija, sobre una hoja cuadriculada, alguien dejó esta frase: “no se han creado las vallas que le digan a la iniciativa y el talento del hombre: hasta aquí haz llegado, no pasarás”. Linda, en serio: te re pone las pilas. Después volvés al box y con esa energía te comés crudo al primer catalán que se quiere bajar un ringtone de Miguel Bosé.

En el salva pantallas de mi monitor dice: resolución en la llamada = satisfacción. La frase bailotea por toda la pantalla, choca con los bordes internos y te recuerda que, siempre, siempre, resolución en la llamada es igual a satisfacción. La leés unas 112 veces por día, promedio. Posta, las conté.

Richard Ricotero trabaja en un Coto. Es morocho, delgadito y tiene la bendita capacidad de reírse y contagiar lo que se ríe. Richard y yo hablamos de recitales. Después de fútbol. Después de la policía. Viene el chico de la Hoz, cuya ignorancia del mundo es un canto a la vastedad de las cosas. Como no entiende muy bien de qué se trata, pregunta: ¿qué quiere decir yuta? Le explicamos. Y al rato: ¿Qué quiere decir cobani? Le explicamos. Y al rato: ¿Rati es porque son como ratas? No le explicamos más. El chico de la Hoz se enfurece: paren che, los policías no son ratas, eh. ¡No son ratas!

lunes 10 de septiembre de 2007

DIA 5 – Recibe el Verbo, hijo. Y serás salvo.

“¿Usté podría decirme cómo hace mi marido con este aparatito para saber todo el tiempo a quién llamo, a qué hora llamo y cuánto duran esas llamadas?”
(Una clienta)



Hoy… hemos recibido la palabra: La Palabra.
Allí está lo que hay que saber. Y si no está allí, entonces es porque no necesitás saberlo. Cómo decir qué, y cuándo decirlo: gracias al Cielo, se me caen las respuestas de las manos ¿No sé si se dan cuenta del valor que ha llegado hasta nos, voces susurrantes de la ardiente patria head set?

Las complejidades de una exitosa sonrisa telefónica, por ejemplo, sus secretos milenarios, su saber y su ley ¿Querés ser un sonriente telefónico? A ver, tomate un minuto, mirate al espejo de cerca ¡de más cerca! hasta empañar el vidrio, hasta verte a vos mismo en el fondo de tus ojos, y preguntate: ¿De verdad lo deseo? ¿Estoy seguro? ¡¿Me va la vida en eso?!
O el glosario, cómo decir lo que hay que decir, y decirlo bien, y decirlo con la frente alta, dignísimo como un samurai, batallante y honorable, haciendo tronar la voz para que todos nos escuchen: ¡almohadilla, presione almohadilla!

O la teoría de los túneles oscuros. Para no perderte en el camino de las sombras, para resistir la ferocidad del lado oscuro, aquí está.
Mi dogma inagotable, mi guía categórico, mi padre, mi tutor y mi encargado. Hoy nos dieron la palabra: La Palabra. Hoy nos dieron el Manual Para Nuevos Ingresos.

Manual1

Manual 2

Manual 3

Manual 4

viernes 7 de septiembre de 2007

DIA 4 – Mi primer cliente

¿Tu fumas porro o no fumas porro?
Eh, vamos, confiesa…
Ah, te estás riendo cabrón,
¡¡Te estás riendo!!
(Un cliente)



Hoy la clase fue con clientes de verdad. Bajamos hasta donde están las computadoras de verdad. Nos pusimos una vincha de verdad. Le dimos ok a un programa de verdad. Y del otro lado había un español de verdad.
Ay, ¿no es emocionante?

El primer cliente de mi vida me dice que le compró un celular a su hija y que no funciona. El tipo dice: funziona.
Yo, que pare él soy la empresa que le da el servicio, pero en realidad soy la empresa que le da servicio a su empresa, le digo como me enseñó mi profe: manténgase un momento a la espera, por favor. (La importancia de un “por favor” bien puesto, nunca lo olviden). Y lo transfiero a un lugar que, me dicen, van a saber ayudarlo. Bien, esto va a ser todo para siempre, si me quedara para siempre en este lugar.

El chico de la Hoz habla de Escribá de Balaguer y le brillan los ojitos. Me cuenta, después de tres días de Call Center, que en la prelatura le sugieren que tomen trabajos corrientes para conectarse con el mundo real, pero chico de la Hoz se confiesa: su voluntad flaquea, el horario es muy duro, no sabe cómo resistir. Yo le digo que aguante, que no se olvide que acá puede acercarse a una cantidad de jóvenes descarriados que no conocen la palabra de Dios. Se entusiasma. Le digo que acá va a encontrar muchos chicos de clase media que lo van a saber escuchar. La charla termina cuando Martínez de Hoz, con cara de no entendí, me dice: “pará, ¿cuántas clases hay?”

Al lado nuestro, un grupo de agentes bien entrenados atiende clientes de un banco. Algunos están parados, otros buscan el rington de la tarde mientras solucionan llamadas. Son un bardo. Pasa un PM, que es más que un supervisor, con cara de mirá estos pibes y yo que no les puedo decir nada porque tienen otro supervisor y ojalá los tuviera conmigo a ver la cagada a pedos que se comen. Chico Recursos Humanos hace su diagnóstico: “para mi lo que falta ahí es liderazgo, no hay un referente, una autoridad y eso tiene impacto sobre la calidad”. Yo lo miro, es un chico de 22 años hablando como mi papá. Debe tener razón.

Nunca me había pasado de soñar despierto. Es decir, soñar como se sueña dormido, la sintaxis anárquica y sin sentido y un poco estúpida de un sueño real, pero con los ojos abiertos. Me despierta La Peque, jurando que en McDonalds no hay escheriquia coli.

jueves 6 de septiembre de 2007

DIA 3 – Ay, Gordis Chayanne, sufriré sin ti

“Sudaca de mierda, tú haces
lo que yo te digo, ¿has entendido?”
(Un cliente)


Hoy Gordis no nos hizo hacer riiiing: hoy nos hizo cerrar los ojos y quedarnos en silencio. Otra vez: veintipico de boludones en el octavo piso de un edificio del microcentro jugando en la madrugada a los ciegos muditos durante tres minutos para imaginarnos (la idea del ejercicio es esa, que nos podamos imaginar) qué siente un cliente cuando se lo deja esperando. Después de un rato, súbitamente, Gordis Chayanne corta el ejercicio con un: “¡Vieron, vieron qué feo que es!”. Después nos explica la teoría de los túneles oscuros, ¿Pueden creer que hay una cosa que se llama “teoría de los túneles oscuros”? Es cuando se hace un bache de silencio o algo así, y comprenderán que eso no puede suceder: no-puede-suceder.

A eso de las once, quedo envuelto en el primer pequeño cataclismo en este mes de call center: siete chicos son (somos) separados para ingresar a otro proyecto. En una semana vamos a estar convertidos en verdaderos agentes Siva, que viene a ser el pibe que deriva al cliente que llama, según el problema que el cliente diga tener. Vamos, entonces, a rutear llamadas y a ser los últimos desclasados de todo el call. Un agente Siva no sabe resolver, no saber cómo dar de baja una línea ni qué hacer cuando un terminal (no se dice teléfono, se dice terminal) no funciona. Vamos a ser, nosotros siete, expertos derivadores de ibéricos encabronados con su servicio. Allá vamos.

Los siete somos: La Peque, chico Recursos Humanos, chico TV, Richard Ricotero, Marian y yo. Ah, también viene mi querido agente nacionalsocialista chico Martínez de Hoz. Por fin somos un equipo.

Así como quedamos seleccionados nos paramos y nos vamos. Dejamos al resto sumergidos en su clase de instrucción. Sufro: no voy a volver a ver a mi Gordis Chayanne.
Nuestro nuevo instructor (se dice formador, perdón) mide dos metros, le gusta vestirse de negro como a Lito Vitale y sonríe casi por cualquier circunstancia. Es el tipo que va a estar parado al lado nuestro cuando tengamos al primer cliente de nuestras vidas justo en línea. Es el tipo al que vamos a poder mirar y encontrar en sus ojos la seguridad que buscamos para decir buenos días, mi nombre es Alejandro en qué puedo ayudarle.

Salgo de break: quince minutos que no deben convertirse en ninguna otra cosa: no quince minutos y diez segundos, por ejemplo. Voy al baño. Pregunta: ¿Por qué las puertas de los boxes están recién pintadas y el resto del baño no? Voy al baño del piso de abajo. Pregunta: ¿Por qué las puertas de los boxes están recién pintadas y el resto del baño no? Fuera de aquí me voy a enterar de que hay una agrupación en las sombras, que se hacen llamar Teleperforados, que son algo así como la reserva sindical, la resistencia, pero que no pueden hacerse ver porque los despedirían enseguida. Entonces, dentro de la empresa, utilizan las puertas de los baños para comunicarse. Eso me dicen. Nadie sabe dónde están, pero están. Es romántico: un grupo que se enfrenta a la empresa dejando carteles pegados en las puertas de los baños. Yo levanto la tapa de un inodoro y en su reverso hay pegada una invitación a una fiesta que los Teleperorados preparan para todos los agentes explotados. Bajo la tapa y ahí queda la invitación, mirando el agüita, a oscuras, esperando al próximo constipado que salga de break.

Nos vamos, pero antes nuestro nuevo formador nos cuenta que se fue de vacaciones a Las Toninas y que por un cuñado que trabaja en CTI usa celular gratis. Un groso.

DIA 2 - Bis

En el break Gordis nos cuenta cómo le fue con las bandejitas de Ravenna, que conoce la cancha de River pero porque fue a ver a Chayanne y que nos van a tomar examen antes de empezar a atender llamados reales. Allí uno tiene que demostrar que sí, que puede. Si te sacás menos de siete perdés el trabajo. A La Peque le agarra cagazo. No quiere volver al McDonald’s, pero con 23 años y una nena de cinco, si no aprueba no le va a quedar otra. La Peque es una chica bonita y preocupada que mide 1,55, calza 34 y está contenta con el horario porque ahora sí va a poder ir a los actos escolares de su hija.
Cuando volvemos del break, Gordis está con otra gordis, su jefa, una mujer con cara de no soy mala soy disciplinada y un par de tetas de lo más intimidantes. Gordis Tetotas le pregunta a Gordis Chayanne qué onda con nosotros. Gordis Chayanne responde cómo una madre que cuida a su cría: “son de lo mejor, van a ser grandes agentes de atención al cliente”.
Nos vamos. Salgo junto al chico Martínez de Hoz. Le pregunto qué tiene que ver con Alfredo Martínez de Hoz. Me dice que es su abuelo, de parte de madre. Le pregunto a qué prelatura pertenece. Me dice que al Opus Dei. Le digo qué bien, qué bueno. Ya tengo a mi operador nacionalsocialista favorito.

miércoles 5 de septiembre de 2007

DIA 2 – Sí, confirmado: me están cagando.

“Mira, que cuando
quiero llamar este teléfono
hace turituriturí.
Luego se detiene y luego
otra vez, turiturí, pero más corto.
¿Me puedes ayudar?”
(Un cliente)


Cinco y cincuenta y ocho cruzo la puerta de calle. “Conviene llegar y 56, y 57… por el ascensor”, me dice chica que salió a fumar, buzo turquesa con pelo negro mojado rulo pegado sobre la frente, muy Néstor en bloque. Gordis Chayanne no me dice nada pero sabe: soy el que llegó tarde ayer. Muy bien, estamos mejor.

La pregunta sobre el barrio va a dominar la mañana. El consejito es que los que vivan cerca se agrupen y tomen juntos el mismo bondi, como para ir formando esa categoría tan imprescindible que las empresas conocen como “equipos”, que después se va a llamar “team” y si hacés lo que hay que hacer lo vas a liderar y te vas a llamar team leader. El team leader es uno que tiene la poronga chiquita, pero le hicieron creer que la tiene grande, sólo porque la tiene “un poco más grande” que el resto de nosotros, trabajadores a sus órdenes. Bueno, nada, que juntarse para venir. Por ejemplo: si le digo al rugbier de GEBA y al chico que borda y a mi nuevo amigo que estudia RR.HH que cómo la ven la de venir juntos, ya no seremos un grupo: seremos un equipo. Así se inicia el camino del triunfo en el fascinante universo del telemarketing, parece.

El primer ejercicio real, sin embargo, nos lleva hacia otro lugar: menos corporate, más dramático: dramático en todos sus sentidos. Gordis Chayanne dice que vamos a practicar cómo se atiende el teléfono, aunque ella no dice teléfono: dice cliente. Bueno, que al cliente se lo atiende así: nombre de la empresa + mi nombre es Alejandro + en qué puedo ayudarle. Vamos a estar atendiendo clientes de una de las grandes compañías de telefonía móvil de España y, sabrán, no podemos fallarle a una de las grandes empresas de telefonía móvil de España. Para eso nos van a pagar todo esa guita que nos van a pagar a fin de mes.

Estoy sentado en el fondo y no puedo identificar al vocecita trémula que dice: “Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?”. No, está mal: olvidó su nombre propio. Vamos de vuelta. “Buenos días, ni nombre es fulano, en qué le puedo ayudar”. No, mal otra vez: es “en qué puedo ayudarle” y no “en qué le puedo ayudar”. Las fórmulas son las fórmulas y una leve alteración de los componentes puede arruinarlo todo. Una vez más: “buenos días, mi nombre es fulano, en qué puedo ayudarle”. Bien, Gordis Chayanne está satisfecha. Ahora todos, uno por uno: me toca a mi, lo digo bien y de golpe siento que mi futuro se ilumina.Otra: Gordis pide que todos hagamos el ring del teléfono, digo, la onomatopeya, la imitación del sonido, eso. Ahí es cuando unas veinte personas, a las seis y media de la mañana, en un edificio del microcentro, juntan las voces y dicen: riiiiiing… riiiiiiing… Esas cosas suceden mientras la ciudad duerme. Me voy al break pensando que Gordis tiene una formidable capacidad de superarse a sí misma. ¿Qué nos hará hacer mañana? Casi no puedo esperar.

martes 4 de septiembre de 2007

DIA 1 - Bienvenidos al país de me parece que me están cagando

"¿Me pasas con
alguien importante,
por favor?"
(un cliente)


Son las 6:05 de la madrugada de un lunes y en el octavo piso de un edificio del microcentro hace cinco minutos que Gordis Chayanne le viene explicando a un grupo de veinte desahuciados con sueño por qué vale la pena trabajar en un call center en general y por qué será maravilloso trabajar en este call center en particular, que es uno de los más grandes de la Argentina y por eso hace cosas como ésta: tener un re edificio en el Bajo, con televisor, microondas y máquinas de café que aceptan monedas falsas en las salas de descanso, y poner una chica simpática como una conductora de la Hit a explicarnos cómo hay que hacer cuando un español ofuscado te pregunta al otro lado del teléfono (al otro lado del océano) por qué no puede enviar mensajes de texto. Decía, son las 6:05 y eso está mal, porque no se llega cinco minutos tarde tu primer día de trabajo, mucho menos si tu trabajo es este trabajo, donde cada segundo está medido con la obsesión taylorista del control panóptico.

“Estás perdonado hasta que aprendas cómo son los horarios”, me dice Gordis Chayanne, que es buena buena, porque me lo podría decir mal y no, cero. Yo pido disculpas y me siento junto a un hombre pequeño de 40 y hasta ahí, camperón y jeans prolijos, que tiene un brazo defectuoso cuya mano no se mueve del bolsillo creo que derecho y se va a encargar de escuchar todas nuestras conversaciones para determinar si realmente lo estamos haciendo bien. El señor tullidito aquí se llama señor Auditor de Calidad. Parece que vive en San Fernando o algún otro lugar con agua desde donde no hay manera de llegar temprano, a menos que seas él.

Después de algunas recomendaciones del tipo “no vengan con pantalones rotos” o interpretaciones de género como “las chicas son siempre más discutidoras”, pasamos a un aula con pecés que esperan encendidas por nosotros. Ahora cada uno debe presentarse, pero Gordis Chayanne tiene un truco para hacer las cosas más divertidas, así que vamos a jugar a que cada uno se hace amigo del que tiene al lado, lo charla, lo conversa y después lo presenta. A mí me toca chico Recursos Humanos, un flaquito desenvuelto de 22 años que estudiaba eso en la UBA, pero como se fue a vivir solo ahora quiere plata para comprarse heladera y DVD, así que a su trabajo en un Farmacity le agregó estas seis horas de Call Center, que le vienen bárbaro porque sale a la una del Farma, entra a las tres al Call (a las tres vamos a entrar todos cuando terminemos esta semana de instrucción) y el resto del día lo dilapida en diversión desenfrenada.

Hay un rugbier de GEBA que le toca presentar a un gay ácido que ama la danza clásica y borda vestuario para teatro. “Bueno, a él le gusta bordar y…” arranca el rugbier con cara de por qué a mí, por qué a mí. “Bueno, él juega al rugby…”, arranca chico gay, con cara de todos ustedes son unos esperpentos demacrados embrutecidos y de qué mierda estoy haciendo acá.

Allá adelante, donde no veo bien, un rubiecito con la voz débil se hace cargo de su propio relato. El rubiecito nos cuenta a todos pero a Gordis Chayanne más que a nadie que, pobre, él no pudo entrar en el trabajo de sus sueños: un puesto en Cancillería. Cuenta, el rubiecito sin voz, que tiene completos sus estudios en Relaciones Internacionales, que se crió pupilo en Alemania, que su padre es militar y él, seminarista. Como ve que Gordis se le queda un poco, rubrica: “Voy a ser sacerdote”. Gordis pregunta lo que todos en ese momento nos preguntamos: “¿Qué hacés acá?”. Rubiecito contesta: “En la prelatura nos aconsejan interactuar con el mundo, salir a él, por eso. No me dejaron entrar en la Cancillería por mi apellido”. A Gordis le gustará Chayanne pero pregunta lo que tiene que preguntar: “¿Cuál es tu apellido?”. El rubiecito débil se vuelve todo un rubio the police para decir: “Me llamo Martínez de Hoz”.