martes 30 de octubre de 2007

DIA final

Bueno, todo muy rico, todo muy lindo, muy bonita la novia. Nosotros vamos arrancando, ¿saben? Que ya se hizo tarde.

Queda, aún queda, sí, alguna cuestión.

Por si alguien se pregunta si de verdad estuve allí adentro o no, bueno, aquí está es el papelito que me dieron cuando me fui. Creo que lo llamaron liquidación final.

Por último, quisiera agradecerle a la redacción de Rolling Stone haber bancado tanto cuelgue. Hubiera sido imposible completar esta experiencia si mis compañeros no se hubieran cargado mi laburo habitual. A mis compañeros en general entonces, y a Ernesto Martelli en particular, toda mi gratitud.

Ahora, adiós.

Y gracias por llamar a Rolling Stone.

viernes 26 de octubre de 2007

DIA Bonus III (El vídeo)

La idea fue producir algo parecido a un prospecto del blog. Un auxiliar que sirviera a la hora de explicar esas cosas que siempre quedan sin explicar. Bueno, quedó esto.

Damas y caballeros, con ustedes, yo mismo.

miércoles 24 de octubre de 2007

DIA Bonus II (El reportaje)

Habían pasado algo más de dos meses cuando, como periodista de Rolling Stone, fui a ver a Norberto Varas, el presidente de Teleperformance y el tipo con el que te pasan cuando llamás a la Cámara de Comercio y pedís con el representante del sector empresario de telemarketing. Es decir, Varas es la cara de la empresa call center argentina. El jefe de los malos. Varas: bu.

De verdad hay mucha gente que lo ve así. Quiero decir, el mapa político del call center parece ser, a grandes rasgos, el de una industria con alta tasa de crecimiento y completa ausencia de cualquier construcción formal de la fuerza colectiva de trabajo. Este desajuste lo pone a Varas en un lugar irremediablemente incómodo.

En la puerta del edificio, sobre la calle Carlos Pellegrini, había una chica repartiendo volantes. Gloria, se llamaba y me contó que la habían despedido de TP porque su médico le prescribió un cambio de puesto de trabajo y la empresa no lo aceptó. Subí con el volante en la mano y, después de esperarlo horita y media, Varas me invitó a pasar.

En la edición de papel, debido a su extensión, la charla quedó extractada. Ahora, aquí abajo, copio la charla completa.


-A ver si podemos partir de acá: estamos vendiendo servicios para empresas de países desarrollados que se pagan con salarios de países en vías de desarrollo...
-Varas: Lo mismo que el grabador con el que estás haciendo esta entrevista, que está hecho en China. Porque el plástico cuesta lo mismo en todo el mundo, ¿Qué tienen los chinos, los coreanos, que lo fabrican y lo exportan? Mano de obra con salarios competitivos.
-Novecientos pesos es un salario competitivo, nadie tiene dudas de eso.
-Varas: No todos ganan esa plata, si tomás una semana de ocho horas estamos pagando casi 1200.
-Ese es un sueldo para los bilingües, y además, casi todos los agentes trabajan seis horas.
-Varas: Hay turnos de cuatro, de seis y de ocho...
-Sí, ¿pero cuál es la mayoría?
-Varas: No hay una mayoría.
-Sí la hay.
-Varas: No. Además, cuando vos comparás un salario lo tenés que comparar hora contra hora, cuánto se paga.
-Pero las seis horas de un sereno en un garage no son las seis horas del call center, donde son más difíciles de sostener.
-Varas: ¿Por qué?
-Porque es estresante.
-Varas: ...
-¿Usted cree que no?
-Varas: Desde ya, poné lo que quieras en la nota.
-Voy a poner lo que usted diga, para eso vine a entrevistarlo.
-Varas: A mi me parece que no es más estresante que el trabajo de un cajero de un banco al que no le puede faltar plata de la caja, no es más estresante que un taxi, no más que alguien que tiene que estar atendiendo al público todo el tiempo.
-A ver, permítame plantearle una situación, concreta, real, y usted me dice después qué tan estresante le parece.
-Varas: Okay.
-Una persona recibe constantemente llamadas, no puede no recibir una llamada, y puede darse el caso de que tenga que esperar una hora para salir de break... eso sin contar el maltrato de su supervisor que…
-Varas: ¿Vos fuste telemarketer?
-Sí
-Varas: ¿En dónde?
-En su empresa, en Teleperformance.
-Varas: ¿Acá?
-Sí.
-Varas: ¿Y por qué te maltrataron?
-No sé, supongo que mi supervisora necesitaba descargarse.
-Varas: ¿Y vos no tenías mi teléfono para llamarme, para elevar una denuncia?
-¿Me está hablando en serio? ¿Me está diciendo que cada empleado maltratado tiene que irse hasta un locutorio y llamarlo a usted? Por otro lado, yo no quería denunciar a nadie, yo sólo quería ver cómo funcionaba este empleo por dentro.
-Varas: Pero si no te sentís correctamente tratado...
-La pregunta es: ¿Qué hacen las empresas cuando la naturaleza del empleo que ofrecen es estresante? ¿Qué hace una empresa como la suya para proteger a sus trabajadores en ese caso?
-Varas: Lo primero es darle la opción de elegir un horario, uno más corto o uno más largo.¿Hace cuánto que trabajaste con nosotros?
-En mayo.
-Varas: Entonces no viste los cambios que venimos dando. Las condiciones de trabajo fueron mejorando...
-Yo tenía que trabajar en su empresa con auriculares y sillas rotas, y eso no fue en los comienzos de la industria, fue hace dos meses.
-Varas: A mi no me gusta tener auriculares rotos...
-Déjeme decirle que los tiene.
-Varas: Pero no me gusta.
-Imagino que no, y de verdad que no me parece grave que unl auricular esté roto, lo grave es que mi supervisor me conteste que no moleste y que vuelva a trabajar cuando le pido que me lo cambie.
-Varas: Tuvimos un crecimiento demasiado explosivo, y no tuvimos tiempo de formar mandos medios. Como industria, estábamos preparados para formar agentes, pero no supervisores.
-Que me diga que las tensiones en los recursos humanos se deben al crecimiento, me suena un poco a: “mirá, nosotros no tenemos nada que ver, fue culpa de lo bien que nos fue”. ¿Crecer no es lo que estaban buscando?
-Varas: Yo no estoy evitando la responsabilidad, lo que digo es que hay costos de crecimiento que no se pueden resolver rápidamente. Ninguna empresa quiere ser considerada maltratadora o negrera.
-¿Cuál es la política de Teleperformance si los trabajadores quisieran crear un cuerpo de delgados en comisión interna?
-Varas: El presidente mundial de esta compañía, que es francés, dice que todos los países tienen que prepararse para que haya grupos de empleados que se organicen y hagan reclamos. Algunos van a ser descabellados y otros van a ser atendibles. Dice que no podemos pensar que vamos a vivir sin eso. Y a mi me parece que tiene razón.
-Pero siguen sin formarse las comisiones. Muchos chicos aseguran que en cuanto comienzan a desarrollar esa instancia son señalados por la empresa y son despedidos.
-Varas: ¿Qué otra cosas creés que te podrían decir?
-No sé, me gustaría saber qué me dice usted.
-Es que, la verdad, me siento bastante lejos de Hitler.
-Nadie lo comparó con Hitler. A ver, si usted me dice que el presidente global de la compañía aconseja estar preparados porque hay que aprender a convivir con esto, pareciera que están abiertos a la posibilidad de que se formen colectivos de empleados bajo alguna clase de encuadramiento sindical. A su vez, los empleados me dicen: “si armamos algo nos despiden”. Alguien no está diciendo la verdad.
-Varas: No me pidas a mi que les organice la comisión interna. Pedime que lo tolere, que lo acepte y que lo escuche. Y yo te digo sí.
-¿Pero entonces por qué no pueden organizarse los empleados?
-Varas: No tengo la menor idea.
-¿Es cierto que en Teleperformance es señalado y despedido el empleado que intenta desarrollar un colectivo sindicalizado, una comisión interna, un cuerpo de delegados, llámelo como quiera, dentro de la empresa?
-Varas: No tengo la menor idea.
-No lo sabe.
-Varas: No, la verdad... Sé que si se forma la tendremos que escuchar y si tiene autoridad legal, tendrá que participar como está establecido en la ley.
-¿Cómo dialoga una empresa con sus trabajadores si no es a través de una representación que esos mismos trabajadores conforman?
-Mirá, yo diálogo todo el tiempo con la gente que veo...
-No le estoy hablando de un cruce en el ascensor. Me refiero a un diálogo estructural.
-Varas: Tratamos de hacer reuniones, yo trato de tener mi oficina con la puerta abierta... y he visto gente que quiere formar sindicato de buena fe y otros con ambición de poder...
-Ni uno ni otros están pudiendo hacerlo. Otra cosa, ¿Por qué no puedo revelar donde estoy si me preguntan?
-Varas: No es competitivo revelar ese dato.
-Okay, ahora, ¿usted puede comprender que mantener esa confidencialidad agrega tensión al pibe que está atendiendo el teléfono?
-Varas: La verdad, lo puedo comprender.
-Bien, estamos llegando a algún lado.
-Varas: Pero también comprendo que trabajar, casarse, tener hijos, todo te agrega tensión y a la vez, te agrega gratificación.
-¿Cual sería la gratificación que le corresponde a la tensión de que mentir forme parte de tu rutina de trabajo?
-Varas: Es que si no la tuviera no duraría ese trabajo.
-¿Cómo va a hacer esta industria para sacarse de encima el mote de empleo precarizado?
-Varas: El lavado de imagen es un trabajo pendiente. Nos toca trabajar con gente muy joven. Muchas veces, el primer empleo es también la primera frustración. Pagamos ese costo

martes 23 de octubre de 2007

DIA Bonus

Bien, como parte de no sé bien qué cosa pero algo bastante parecido a esto ha sido todo, y como fue anticipado en últimos posteos, ejem, que vamos a subir algunos documentos que completan (me gusta pensar que sí, lo completan) mi experiencia call center.

Para empezar, aquí está la nota tal cual fue publicada en la edición de papel de Rolling Stone, número de Octubre.
Mañana, pasado, iremos subiendo otros documentos hasta completar esta semana final. Después, adiós. Y después, si quieren, hacemos la fiesta del reencuentro.

viernes 19 de octubre de 2007

DIA 109 – Hoy, ahora, acá

Seis de la tarde, escritorio, monitor, redacción de Rolling Stone. Hola, qué tal, cómo va.

Los Pumas ya ganaron, ganaron, ganaron, perdieron, ganaron. Y el Tanque Denis está hoy en la tapa de Olé. Nada, que el presente es este presente, y no mayo, aquel presente del que veníamos hablando.

¿Y qué decir desde acá? Bueno, que hace calor, que parece que afuera está lindo.

No sé si de verdad tengo ganas de decir mucho más. Hablar de los objetivos del trabajo… de las conclusiones… de qué quise decir con la palabra “Gordis” del principio o con el párrafo mala onda del final. Es eso que está allí, en este espacio virtual y en las páginas de le edición de octubre de Rolling Stone. Lo que no dice de sí mismo el texto no tiene sentido salir a decirlo después: prefiero fracasar con el chiste a tener que explicar cómo funciona.

Sí tengo que mencionar el asombro que me produce la diversidad de reacciones. No la reacción en sí, sino su disparidad en el mapa de todas. Y de todas, mi favorita es la del que detesta el blog y no puede parar de leerlo. Y entonces comenta. Y cuando comenta putea. Y después de putear vuelve a leer. Y después de leer comenta. Y pide por favor que se termine. Y vuelve a entrar. Y así. Hubo muchos de esos. Son la sal de la ciberexistencia.

Tengo mi propio ranking de comments todo mal. Son mi tesoro. Tengo ganas de subirlo. Capaz.

Bueno, siempre hay alguien a quien estos datos le parecen importantes: al día de hoy, el blog tuvo 145.000 visitas, con 370.000 páginas vistas. Hubiera superado cualquier cálculo previo, si previamente nos hubiéramos puesto a hacer cálculos.

En lo personal, esto va a en serio, pura felicidad del laburo. Estar allí, sentirse un testigo del mundo, de ese mundo, y fotografiarlo tan de cerca. ¿Vieron los fotógrafos que están justo al otro lado de la línea de cal, con el banquito y el lente largo, llevándose jugadas en la cámara sin intervenirlas nunca? Eso, felicidad.

Después del día 29, lo que vino fue trabajo de campo al descubierto. Así fue como, tres meses después de haber salido de allí, Norberto Varas, presidente de la filial local de Teleperformance y referente de la industria argentina del Telemarketing en la Cámara de Comercio, me recibió en su despacho del piso once, o doce, no sé, allá, en las alturas. Fui como periodista de Rolling Stone, pero usé toda mi experiencia como ex empleado de Teleperformance. Tuvimos una larga charla de la que sólo fue publicada una parte en la edición de papel. La entrevista completa es parte de las cosas que, a modo de chaucito, nos vemos, vamos a estar subiendo la semana que viene.

También la apertura de Podetti en la edición de papel, puede ser un lindo wallpaper. Y yo mismo diciendo algunas huevadas finales.

Bueno, me voy que hoy toca Soda, y ya les hablé de mi amistad con Gustavo… ¿o no les hablé todavía?

jueves 18 de octubre de 2007

DIA 29 – Soy tu ex

Estar allí y no pertenecer. Haber sido: dejar de serlo. Algo sucede en el pase, algo se da vuelta -me dan ganas de decir que para siempre- cuando saliste, cuando volviste para comprobar que ya no estás ahí. Son las seis de la mañana, y yo entro al piso sabiendo que es la última vez que entro al piso.

¿A qué lugares se vuelve? ¿Se vuelve de verdad alguna vez a algún lugar? Pequeña P me mira con cara de esta vez sí, plan de acción. Me gusta su expresión de te tengo, chiquito. Me gusta saber que tengo el ancho y ella con la felicidad pavota de un siete de oro. Ya no voy a trabajar aquí más, Pequeña P. Vine sólo a informártelo. Y a preguntarte qué debo hacer para desvincularme correctamente, como corresponde en una sociedad civilizada donde unos respetan a los otros, sin importar grados o jerarquías. Me gusta dejarla con la expresión cambiada, más parecida a ahora me meto el plan de acción en el orto.

Busco a Platinada platinadísima (no voy a decir que desesperadamente sólo por pudor pero la verdad es que sí, un poquito desesperadamente, sí) sólo para pasarle por al lado una vez más. Ahí está, la miseria del poder, el portero que te pregunta ¿a dónde va, joven? en la puerta del edificio sabiendo quién sos, a dónde vas, sabiendo que subís a lo de tu novia, pero igual te lo pregunta porque es todo lo que su poder le va a permitir preguntar a lo largo de su vida: a dónde va, joven. Y no va a perderse la posibilidad de constatar con vos los alcances de su jerarquía pequeñita. Platinada mira seriamente, como hacen las personas que se concentran en sus trabajos, unos papeles, unas listas de algo. Yo le camino al lado, suave, no dejo de mirarla ni siquiera cuando descubre que la estoy mirando. No me tiene. Y por eso se queda. Yo le hago una reverencia apenas, un saludo de codo en la barra. Imposible sentir rabia cuando talla la penita.

Pequeña P me explica que tengo que mandar un telegrama. Bien. Me dice que no sabe bien cómo se liquida mi sueldo, pero seguro que en Pellegrini me explican. Bien. Que vaya a Pellegrini. Bien. Que vaya y pregunte. Ahí está Recursos Humanos. Bien. Ahí me vana a decir bien. Bien. ¿Mañana estarán?

Bueno, me despido de mis compañeros, de La Peque y su yugo, de Chico TV y su alegría saltimbanqui. De mi chico de la Hoz no me despido porque ya no viene: bu. Los dejo a todos acá adentro, yo vuelvo a Rolling Stone, que tiene toda la onda yeah yeah, a levantarme a las once y media de la mañana (las semanas que hay cierre no, las semanas que hay cierre a las once), a zafar entradas para el Pepsi, a ganar fortunas, a charlar con Cerati en los VIPs casuales de las discos a las que siempre defenestramos pero seguimos yendo, a escribir, que eso hacemos los cronistas, escribir, y pensar el mundo de la almitas del suburbio que no se sientan un mes frente al monitor a sacar clientes enojados con su celulares, se sientan un año, o dos, y muhá ja ja ja.

Ay, me agarraron ganas de ver comments. Hasta mañana.

martes 16 de octubre de 2007

DIA 28 – Ha sido un placer

Domingo, 3 de la madrugada. Otra vez, nadie: nadie. Me voy acostumbrando.

Al principio es tentador estar ahí, solo. Después te agarra la paranoia de que debe haber cámaras, de que si rompés algo o le echás un meo al box de Platinada Platinadísima alguien te va a ver, a filmar, a castigar: un tarado.

Voy para mi piso.

La escalera la subo deteniéndome cinco segundos en cada escalón, tratando de comprobar qué se oye. ¿Y qué se oye? Nada, el sonido raspado de mis zapatillas sobre cemento crudo, qué otra cosa.
Así que lo que hay es un imbécil a las tres de la mañana en un edificio del Once a medio terminar, con 600 computadoras apagadas distribuidas en sus dos pisos y rollos de alfombra apilados allá más lejos, subiendo interminablemente una escalera y comportándose como un alienado mientras lo rodea algo bastante parecido al absurdo y al vacío.

Cuando llego al box, ella: la Argentina que no es, a la que le tendría que haber ido mejor si hubiera sido, la víctima tintineante de los que sí lo son, de los que renegamos de serlo pero siempre llega el día en que mucho o un poco sí lo somos, digo, argentinos picaruelos que total, capo: total... Cuando llego al box, ella: La Peque.
La Peque necesita la guita y necesita ganarla en ese horario. Y por eso confía. En el soft que la controla y en el control que le paga. Es probable que no tenga la chance de no confiar.

Me logueo. La imagen, vista de la objetividad panóptica, es la de dos perdedores del sistema, encorvados frente a la pantalla, dos cuadraditos grisáceos contiguos con reflejos de monitores en medio de doscientos cuadraditos grisáceos en sombras. Llega Chico TV, no hay día que no llegue sonriendo.

Al rato, lo escucho transferir a alguien al sector personalizado. Le pregunto:

-¿Sector personalizado? ¿Existe eso?
-No sé. Yo invento cosas para que la gente se ponga contenta.

Después de las cinco, caen los primeros. Los boxes un poco se van llenando, un poco. Y los sonidos son leves pero otros.

No sé bien por qué, pero se me ocurre que está bien si me voy. Y salgo a la calle.
Afuera hace un frío de esos medio mal llevados. Y tampoco de noche el Once se parece a Catalinas: acá lo que duerme no son la oficinas de Sun Microsystems.
Vuelvo una hora después y nada parece haber cambiado demasiado, algunos boxes más han entrado en actividad, pero siguen lejos de ser la mitad.

Me cruzo a Blanca en la sala de break del primer piso. Me dice que se viene el cumpleaños de su hija, la vizcondesa. A mi me agarra la marica tierna y me dejo conmover por el esplendor de esa señora que a esa hora de ese domingo y con 47 años está haciendo ese trabajo de vender cosas por teléfono, y que lo haga con esa fuerza y que lo haga con esa alegría, y que tenga una mañana plena porque ya se viene el cumpleaños de la vizcondesa de su hija, qué sé yo, me termina por confundir y no sé si lo que siento se llama envidia o respeto.

Vuelvo a mi sector. La Peque saca clientes, Chico TV parece que está de break. Seguimos sin supervisores. ¿Cómo es posible que los supervisores no vengan? ¿Cómo es posible que no haya control? La verdad, no tardo mucho es contestarme: el control está, porque lo supervisores no son el control, sino, apenas, su coordinación necesaria. El control comienza cuando apretás el enter luego de meter tu clave. Y si no lo apretás, si estás fuera de control, entonces estás fuera de todo: entonces no estás.

Me siento. Me logueo. Atiendo un cliente, el último ojalá que de mi vida. No recuerdo qué me dice. Odio la obligación de ser especiales que tienen algunas cosas. Me deslogueo. Me paro. Miro: de a poco, aisladamente, los globos empiezan a pedir mantenimiento. De golpe, cuando faltan algunas horas para completar mi día 28 adentro de este call center, decido que ya fue. Encaro para la puerta. Y me voy.

Mientras voy saliendo (me odié varios días por esto, pero no lo pude evitar) voy pensando en ese video de Pimpinela, no sé cómo se llama la canción, donde los dos discuten en un subte todo en blanco y negro, y ella le dice que ya no quiere ser más una mujer oprimida, y él le contesta que a dónde vas a ir sin mí chirusita (chirusita no le dice, pero qué bien le hubiera quedado) y ella que no, que ya no me aplastes, que quiero ser yo misma, y él que andá, que qué me importa, y ella lo deja en la estación en sombras, sube por las escaleras, sale a la ciudad y cuando sale un aire le sopla en la cara y el video se vuelve color. Ella sonríe.

Voy por Rivadavia. Después del video de Pimpinela (aquí está) pienso que querrá decir la realidad cuando te hace pensar en un video de Pimpinela. No sé si me le animo a la respuesta.

viernes 12 de octubre de 2007

DIA 27 – Al call argentino, salud

Sábado, 3 de la madrugada. Yo, a tiempo. Pero sólo yo, parece.

Abajo, en la puerta, no hay guardias. Subo: ni guardias ni nadie más. Es inquietante ver un piso con trescientas máquinas apagadas y nadie allí, sobre todo después de haberlo visto con trescientas máquinas encendidas y un ejército de autómatas dando la bienvenida, diciendo su nombre, el nombre de la empresa que representan. Subo un piso más. Voy hasta mi box: nadie, tampoco.

¿Dónde está todo el mundo? En este mismo instante hay un montón de españoles con problemas en sus móviles y aquí, la ausencia. Podría ponerme a correr en bolas, si tuviera ganas, que no. Pero podría. Pequeña P me va a explicar otro día que los del fin de semana renuncian rápido, que nadie se banca mucho trabajar el fin de semana. Es tranquilizador saber que incluso un call center puede volverse algo tan argentino.

Mis compañeros llegan al toque, pero sigue siendo extraño que seamos los únicos. La pregunta que nadie hace es ¿por qué tenemos que venir a trabajar si la empresa no viene a trabajar?

Lo último que voy a hacer es loguearme, que es exactamente lo primero que hace La Peque. “Si te logueás, cobrás”, dice Chico TV, con ese optimismo a prueba del mundo que tiene. Me voy a caminar.

El silencio es ese silencio de tubo de luz, ¿ubican? Como un zumbido que sólo se escucha cuando no hay otra cosa que escuchar. Si escuchás la luz, entonces de verdad estás solo.

Cuatro menos cuarto cae el estoncito buzo Narrow. Yo no tengo por qué estar ahí, boludeando entre los boxes vacíos, pero a él no parece importarle: no me mira, no me habla. Se sienta en un box de supervisor, enciende y ahí se queda. Cuando paso al rato, sigue ahí, la luz del monitor poniéndole azul la cara.

Cuatro y media: nadie.

Cinco: nadie.

Recién a las cinco y media, cuando La Peque lleva dos horas y media logueada y yo diez minutos, el call, perezosamente, empieza a poblarse. Por ahí veo a Platinada platinadísima, enojada con algo. Para las siete todo parece más normal.

En el segundo break: dos mujeres. Una rubia, alta, grandota, tetas grandes, voz en alarido, muy alegre por tratarse de las siete y algo de la mañana, se llama Blanca, me dice. Tiene 47 años y es la única persona, junto con la señora que la acompaña, que vi por arriba de los 40, 35. Es de ventas, y dice que le va bien. Que sale de acá y se va a otro call a vender medicamentos naturales para la comunidad hispana de los Estados Unidos. Que vende unos aceites que te agrandan el pene. No toma café de la máquina. Trajo el suyo. Es viuda y me jura que su hija es vizcondesa.

Chico TV me pregunta si debe agarrar un laburo en Musimundo. Es raro, Chico TV: estudia dirección en canal 7 pero no mira televisión, no sabe nada de Tinelli, ni de Gran Hermano ni de ningún otro programa. En cambio, sabe bastante de química.

-Musimundo, luca cincuenta en la mano, un franco por semana, de 9 a 6, ¿qué decís?

Yo lo miro y me quedo. No me animo a intervenir su suerte. Luca cincuenta en la mano, un franco por semana… no sé, ¿ustedes qué dicen?

jueves 11 de octubre de 2007

DIA 26 – Melamina símil madera

Hoy mi chico de la Hoz volvió a faltar. Después del quilombete de ayer (Pequeña P nos puso y nos levantó un plan de acción a ambos, como hermanándonos) ya no creo que volvamos a verlo. Adiós, santo varón argentino.

Contra la pared, en las últimas dos posiciones, al fondo de mi fila de boxes, una parejita se da besos cuando puede. Los vengo mirando desde hace días y hasta ahora me habían perecido dos tortolitos call center felices felices. Pero esta mañana, a ella no se la ve bien. De golpe, medio que llora. El la abraza, la dice cosas. Ella amaga con pararse. El la retiene, la mantiene sentada. Pasan los minutos y la escena empieza a extenderse. Pequeña P, después de un rato, decide acercarse. El se corre. Se queda ahí, pero no habla. Habla ella, y cuando habla se exaspera, y cuando se exaspera llora, y cuando llora ya no puede hablar. Pequeña P se la lleva de allí, sólo a ella, él se queda. Me pasan por la espalda, nos van pasando por la espalda a todos, y se sientan en una mesa, a charlar, 30 metros más allá. Llega un PM, y ahí se quedan los tres.

Nadie, pero nadie, nadie, se decide a preguntar nada. El novio queda allá, nuevamente envinchado y trabajando. El resto, ni mu. Tampoco estoy esperando que suceda, no veo por qué debería, pero todo es demasiado disruptivo y esquizofrénico: 15 operadores hablando con máxima cordialidad mientras una llora frente a otra que la mira y le habla, todo en el mismo sitio, a la vez y en silencio.

Yo aprovecho para pegarle una ojeada a la máquina que Pequeña P dejó abierta. Leo. Hay una lista con todos los nombre de su equipo. Al lado del mío dice: “justificar observaciones”. Ahá.

Nunca me voy a enterar de qué le ocurrió a la chica porque al rato sucedió lo que me dijeron que me tenía que suceder y yo que seguía ahí, virgen de la caída del sistema. Bueno, que el Avaya dejó de funcionar, dejó de controlar.

Estaba listo para vivir mi primera mañana de call sin sistema que, me dicen, son mañanas que se ponen. Lamentablemente, sólo puedo contar la mezquindad de unos 25 minutos, en donde luego de un alegría culposa (de esas que no se gritan porque no corresponde pero que están ahí, destellando innegablemente en las caras de cada uno) con el anuncio, la orden, de “vuélvanse a loguear, chicos”, bu, todo se desvaneció. Apenas si hubo tiempo para un baño un poco más distendido, una vueltita por el piso de abajo, no más.

La palabra “chicos”, en su inalterable plural, sonando a cada momento en la boca de los supervisores, es una palabra que, no puedo evitar sentirlo así, está queriéndome vender algo, pero sin hacerse cargo de que está queriéndome vender algo. Expresa un símil amistad, símil todo bien entre ustedes y yo por eso los llamo me permito llamarlos chicos, símil vamos que somos un equipo, como la melamina es un símil madera. El “chicos” de los supervisores es eso, diría, una palabra símil.

La chica que lloraba ya no llora. Ahora está, casi, sonriendo, charlando algo que tiene que ser mucho menos grave, porque su novio está casi sonriendo también, ahí al lado. Como que ya pasó.

Ahí fue otro hold on, please.

miércoles 10 de octubre de 2007

DIA 25 – Con P de perra

Cruzo la puerta 3:02: tarde. Saludo veloz a morochos A4 (ya somos como hermanos). Corro escaleras arriba. Saludo a mis compañeros. Saludo a mi globo. Enciendo. Me logueo. Buen día Avaya, buen día. Ya tengo un cliente en el oído cuando me llegan las esquirlas sonoras de la discusión que Pequeña P y mi chico de la Hoz están teniendo justo a mis espaldas. Es cierto, chico de la Hoz viene medio cuando quiere y Pequeña P, pura furia desatada en saquito de hilo, no tiene ganas de seguir tolerándolo. Cuando deja de zamarrear a mi operador nacionalsocialista favorito, pega medio giro y, sin esperar a que la mire, me dice, me grita:

¡Y vos… tenés un plan de acción!

Después de un rato de procesos neurolingüísticos, donde intervienen, con mayor o menos conciencia, mi compresión del español, la especificidad de la cultura, la subjetividad, tal vez los retos y los restos de la infancia, logro finalmente elaborar una respuesta:

¿Un qué?

Debe haberme salido medio balbuceado, porque Pequeña P ni se molestó en responderme. Por el contrario, se paró en el medio del grupo y, operística, hizo su obertura:

¡Cuidado conmigo, porque puedo ser buena onda pero también puedo ser una perra!

El cuadro era magnífico en su incongruencia, en su despilfarro de la razón. El cuadro: Chico TV con sus botas Charro, chico de la Hoz enojado en su dignidad clerical, La Peque inmereciéndolo todo, Chico Recursos Humanos chupándole todo un poquito un huevo, Richard Ricotero haciendo como que escucha y yo, sumergido en el misterio insondable de qué carajo será un plan de acción. Pequeña P siguió con el intermezzo:

Ustedes están en un período de prueba, ¿entienden eso? Y la que va a pasar el informe final soy yo, es decir, lo que yo evalúe es lo que va a determinar si conservan el trabajo. ¡Su suerte está en mis manos, chicos!

El resto del call empezó a cogotear y me hubiera gustado saber cómo se veía la escena desde lejos. Supongo que seis estatuitas sentadas y con head set rodeando a un tótem en movimiento. Por fin, pequeña P hizo su gran finale:

Les puedo mostrar sonrisitas y todo bien, pero por atrás… ¡se las mando a guardar!

Después, ya no la vimos por el resto de la mañana.

Nos quedamos todos sin saber cómo seguir. Nadie tomó el mando que Pequeña P acababa de revolearnos por la cabeza. Así que hicimos lo que creímos que había que seguir haciendo: sacar clientes para el 123.
Fue un mañana sin gracia, el resto de la mañana.

En el break, un chico me explica plan de acción: dícese de la sanción correctiva de la conducta que, sin llegar a quedar registrada en tu legajo, busca que mejores.

El día se hubiera ido en la anécdota de la supervisora irascible pero no. A las 9:01, ya deslogueaditos y listos para partir, nos encontramos a Pequeña P, al final de nuestra fila de boxes, un poco arrinconada. Nos acercamos. Y la vimos llorar.
Intentando controlar los espasmos cortitos de un llanto sin furia, Pequeña P nos pidió disculpas por la opereta de la mañana, y nos contó.
Total, que le habían entrado a la casa y se habían llevado todo. Y que “todo” incluía la cajita donde guardaba las cosas de su hija. Las lágrimas le iban cayendo sobre el saquito de hilo cuando Pequeña P llegó al clímax angustiado de su relato: dentro de la cajita, estaba el cordón umbilical de la pequeña.

A ver, cuál es la reacción correcta cuando tu supervisora de call center, que viene de pegarte una cagada a pedos formidable, te dice, al lado de tu box y llorando: “!!Se llevaron el cordón umbilical de mi nena!!” Yo no pude evitar pensar en un morocho del conurbano profundo sosteniendo en el aire un frasco de mayonesa con un fideo retorcido y mustio flotando en su interior, mirándolo con extrañeza y haciendo un alto en el agite del desvalijamiento para preguntarse: ¿qué mierda es esto?
Cuando nos íbamos, Pequeña P me dijo que me levantaba el plan de acción.

Todos salimos pensando pobre, ahora entendemos porque se puso así. La verdad, me hubiera gustado, como La Peque, quedarme con esa indulgencia, pero no puedo evitar pensar que por muy justificado que esté (y de verdad lo estaba) en el trato, maltrato de Pequeña P cuando llegó, está la latencia de un permiso. Quiero decir, nadie torea a sus subordinados con un “puedo ser una perra” si no siente que su acción se instala en una cultura de acciones más o menos homogéneas, reconocibles unas en otras, con algún grado de emparentamiento. Vamos, que nadie te putea si alguien no le dijo antes que valía putear.


Nota al presente:

Si por casualidad lee este blog el caballero caco que en mayo/junio de este año se llevó de una casa del Gran Buenos Aires, entre otras cosas que se llevó, un cordón umbilical, le agradecería que dejara una dirección por dónde pasar a buscar aquel tesoro ininteligible. Pequeña P y todos nosotros, agradecidos.

DIA 24 – Bis (Tu almohadilla me completa)

Ayer finalmente tuvimos que venir, un rato, no fueron más de dos horas. No les tocó a todos, me tocó a mí. También estaba Chico TV. Me dicen que la alteración de los francos es común. No siempre son lindas las cosas que me dicen.
De todas formas, para algo sirvió: Pequeña P nos repartió, 23 días después de haber empezado a laburar, nuestras correspondientes almohadillas para el head set. Nos dijo que las cuidemos y que hay que llevárselas a casa. Que al que la pierde se la descuentan del sueldo y que eso es porque en las páginas de Internet se dicen muchas boludeces de head set rotos y sin almohadillas.

lunes 8 de octubre de 2007

DIA 24 – Basura new management

Ah, bueno: globos.

Hoy llego al call, cruzo la cortina de hierro, saludo como si conociera de toda la vida a los dos morochos de gorra que siguen con las mismas hojitas A4 sobre la misma mesa descolada, subo escalera uno, subo escalera dos, salgo al piso y, cuando avanzo hacia mi fila de boxes, el espectáculo me para en seco: todo el piso está adornado con globos de colores.

Hay un globo por box, más algunos ramilletes en las paredes. Y están distribuidos así: de cada posición, sale un palito plástico, como una antena, que sostiene en la punta un globo rojo, o azul, o blanco. Creo que Francia es el país de origen de esta empresa, en el caso que esta empresa de verdad le importara tener uno. Así que supongo que la elección de los colores quiere proyectar la bandera de la patria.

Saludo a mis compañeros, me siento en el box, empiezo a abrir los programas, me logueo, todo sin dejar de mirar el absurdo y estúpido globo azul que corona mi puesto de trabajo. Atiendo a los veinte primeros clientes sin sacarle los ojos de encima al muy turro que, en el aire quieto de la oficina, ni se inmuta. Creo que mi globo y yo no tenemos piel.

Pequeña P me mira como diciendo viste, qué buena sorpresa. Y yo le devuelvo la mirada como diciendo siiiiií, re buena, mata mil. Es capaz de estar esperando que vaya y se lo agradezca.

De verdad no sé cómo tomármelo. ¿Esta es la idea que tienen de buen trato? ¿De buen clima interno de laburo? ¿Y quién lo decidió? ¡¡¡Por Dios, haber estado en la reunión donde se discutió el tema globos!!! Verle la cara al jefe que le puso fe a la propuesta, que creyó que esto era una buena idea, que la aguantó cuando alguien la quiso bajar, que se enamoró de sus globos, que se fue a la casa contento, sabiendo que los globos estarían allí mañana. ¿O tengo que pensar que esta es la victoria de un cínico? Hey, un momento…

Salgo de primer break y miro la postal: el piso entero manchado de rojoazulblanco, como obligándose a un júbilo que no tiene, no naturalmente. Con mi mejor cara de pelotudo camino entre los boxes y cuento. La primera vez me dio 232 globos. La segunda, 237. En cualquier caso, algo no me termina de cerrar, no sé bien cómo explicarlo: es como estar delante de alguien que toda la vida quiso pochoclo y que de golpe empieza a querer palomitas. El lugar parece estar celebrando un Día de Acción de Gracias o algo con un nombre así. Pienso: basura new management.

Supongo que viene a ser la inauguración oficial del edificio, algo de ese calibre. Paso por momentos en donde realmente no lo puedo creer. Los estados van de la risa a la pena, de la pena a las ganas de ir por un alfiler.

viernes 5 de octubre de 2007

DIA 22 - Atentamente

Bien, todo el franco por delante. Y mañana también: 48 horas sin pensar en nada perecido a un call center. Veamos a qué cosa más o menos edificante le podemos dedicar el día. Opciones:

1. Torro extendido con alto para almorzar seguido de torro extendido.
2. Darme una vueltita por la redacción de Rolling Stone para ver cómo se las arreglan sin mí y comprobar que se las arreglan perfectamente, de hecho parece que mi ausencia ha mejorado algunos tiempos de cierre.
3. Perder la batalla contra la culpa del tiempo al pedo, y ponerme a trabajar en mi composición tema call center, pero desde afuera.

Vamos por la tres, sabrán.

Después de hablar y chequear y entrevistar y desgrabar y googlear y volver a entrevistar, me entero de que el único intento real de sindicalización estructurada dentro de un call center terminó en algo bastante parecido a una derrota gremial y dispersión de la fuerza colectiva, la que habían juntado hasta ese momento, al menos. Fue en 2004, en Atento, el call center de Telefónica.
Por entonces, la seccional Buenos Aires de FOETRA, el sindicato que agrupa a los trabajadores telefónicos, presentó ante la Dirección Nacional de Relaciones del Trabajo un denuncia por fraude laboral contra Telefónica de Argentina S.A.(TASA), por mantener a sus empleados de Atento bajo el régimen de empleados de comercio, cuando deberían pertenecer a telefónicos. Atento argumentó que su actividad es estrictamente comercial y que no tiene vínculo con las telecomunicaciones. FOETRA retrucó con que no todos los call centers, pero sí los 4200 empleados que en aquel momento tenía la empresa, debían ser telefónicos, atendiendo al artículo 30 de la Ley de Contrato de Trabajo, que indica la solidaridad de las empresas contratantes con las contratadas en lo referido a la prestación de los empleados. El 2 de noviembre de 2005, las seccionales Barracas y Martínez eligieron delegados, pero la empresa no les reconoció entidad gremial.
El 9, personal de la empresa entró en Barracas para desconectar las máquinas y llevárselas. Y ahí el conflicto empezó a ganar temperatura. Los que estaban se quedaron y buscaron organizarse. Se declararon en asamblea permanente y esperaron. Por la puerta de emergencia salían supervisores y gerentes, mientras llegaba Gendarmería, la seguridad privada de TASA e integrantes de la agencia Seguridad Argentina. Adentro habían quedado 70 teleoperadores en el edificio Sur y cinco en el sector norte. Llegaron los medios. Entró en escena el ministro de Trabajo, Carlos Tomada. El español Ernesto Vinuesa, gerente general de la compañía, terminó reunido con Alberto Fernández y todo, por unos días, tuvo su escalada de atención. La empresa terminó ofreciendo a lo que llamó “empleados de buena fe” (es decir, no conflictivos) un traslado a otro call. Reincorporó gente despedida pero no les asignó tareas. Fue una jugada exitosa. Lo que quedó fueron setenta teleoperadores de Atento sin reubicar, haciendo llamadas falsas, esperando que algo, si es bueno mejor, suceda.

jueves 4 de octubre de 2007

DIA 21 – Tengo miedo de extrañar

De golpe parece que a nadie se le recargó su cupón, que así es como dice tarjeta. Todo el mundo llama quejándose porque no se recargan los saldos de los móviles y yo termino pidiendo disculpas en nombre de Vodafone muchas veces muchas veces y diciendo que estamos (¿estamos?) solucionando el problema. Qué lindo es ser ellos.

Es curioso escuchar a muchas personas diferentes, diciendo más o menos lo mismo, haciendo uso casi de las mismas palabras con el mismo tono y la misma significación. Y llega el momento en que vos ya sabés, en que no hace falta que siga porque con las primeras dos palabras ya sabés qué le pasa, qué quiere, qué le molesta. Pero hay que dejarlos terminar, son clientes, están enojados y tienen, entre los muchos derechos que tienen, el derecho de completar su reclamo, un poquito a los gritos.

El punto es que te aburre. Uno arranca con el cupón que no se le cargó y por delante quedan cuarenta segundos de sí, ya sé. Sí, ya sé. Sí, esto lo acabo de escuchar, ya lo sé.
Entonces mientras escucho, entro y salgo del hold, a ver si puedo charlar con mi compañero de box, Chico Recursos Humanos, que, se acuerdan, les conté, de día trabaja en Farmacity. A las cinco y cuarto de la mañana, sin dejar de atender clientes, tenemos la siguiente conversación:

-Che, hoy hay descuento con tarjeta de débito en Farmacity Vodafone buenos días en qué puedo ayudarle pueden aprovechar.
-¿Descuento de qué? Vodafone buenos día mi nombre es Alejandro en qué puedo ayudarle ¿de cualquier producto?
-Por favor indíqueme el número de su móvil no, pañales
-Ah, mirá. Por favor indíqueme cuándo realizó la última carga de su cupón ¿y de cuánto es el descuento?
-No sé, no me acuerdo bien manténgase un momento a la espera pero me parece que te hacen el diez por ciento gracias por llamar a Vodafone y para todos los tamaños.
-Qué bueno yo justo tengo que comprar me repite por favor el número de su móvil son buenos los pañales Farmacity y son un poco más baratos manténgase por favor un momento a la espera pero buenos en serio, son.

Y así…

Me gasto el primer break en un tour por el resto del nuevo flamante edificio. Los trofeos siguen ahí. Será para el empleado del mes, tienen que ser. El chico barbita con buzo Narrow que reparte las vinchas no abandona su posición, es todo un soldado. Yo lo veo y pienso que debe haber dormido con el buzo puesto. Al lado, los boxes desarmados van ganando cuerpo, pero falta, todavía falta.

Mmm... hoy volvieron a bajar el contrato de confidencialidad que ya habíamos firmado al ingresar. Escuché que echaron a cuatro chicos porque subieron imágenes de los pisos a youtube. No sé, rumor de sala de break. De todas formas, tienen que estar medio cagados: ninguna empresa se pone de golpe, a cuento de nada, a imprimir contratos de confidencialidad y a repartirlos entre sus empleados para que los firmen, para que los vuelvan a firmar. Es increíble cómo nadie se lo pregunta: nadie se pregunta por qué nos harán hacer esto que nos hacen hacer. Es algo bastante parecido a la compulsión. Firmen, no pregunten y firmen. ¿Pero esto no lo firmamos ya? Firmen, y listo. Yo pongo el gancho mientras pienso que va a estar bueno armar un blog.

Pequeña P pasa, marcial, por detrás de nosotros, que formamos pasillo, espalda contra espalda, sacando clientes enojados y sin recarga. Pasa y vuelve a pasar. Yo la siento en la nuca, el saquito de hilo, que es otro, no es el de ayer, ni el de antes de ayer (¿cuántos tendrá?) yendo y viniendo. Cuando se va, le dice a Chico Recursos Humanos, que está medio desparramado sobre su silla desafiando los insignes preceptos de la sonrisa telefónica: “sentate bien, por favor”. Ah, pequeña P marca presencia.

No nos dejan hablar en inglés, nada, nada, lo que es un tema, porque cuando cae un cliente que te dice: “english operator, please” vos le tenés que contestar en buen español: “voy a transferir su llamada con el sector correspondiente”. Hoy, igual, tiré un par de “hold on, please”. Si Calidad me grabó puedo tener problemas. Siempre hay un problema en el futuro. El miedo es un amigo acá adentro, un amigo de lo más consecuente.

Pasa Platinada platinadísima. Nunca la había tenido tan cerca. Tiene los dientes medio para fuera, no sé, me da monstiker. Nos mira como asomada desde la terraza del Empire State y nos pregunta: ¿Ustedes son de P, no? Lo pregunta con cara de qué asco ser de P. Sí, sí, somos. Platinada platinadísima se aleja altiva y triunfante, como quien regresa a palacio.

Mañana llega nuestro segundo par de francos. Tengo miedo de extrañar.

miércoles 3 de octubre de 2007

Día 20 – Bienvenida a mi, pequeña P

Van dos días de Pequeña P y ya me cuesta imaginarla de otra forma que no sea con saquito de hilo primer botón abrochado el resto no, pantalón de vestir raya muy marcada dobladillo prolijo puede ser gabardina puede ser algodón, zapatitos serios, cuero marrón cuero negro, en fin, una señora lookeada en Etam pero sub 35.

Perla E., pequeña P para mí y para todos ustedes, no es tan pequeña. Es más bien… bueno, que no es tan pequeña. Tiene pelo largo ondulado muy de perma, color castaño by Koleston, un poco eléctrico, y se lo ata por sobre la cabeza, lo que le despeja bastante la cara. La cara: ojos chiquitos detrás de lentes chiquitos, boca chiquita, la piel morena y pecas. Las pecas le quedan bien.

Pequeña P es el clásico mando medio de call center. El primer día, buenísima. El segundo, buena, macanuda. Mañana pinta como para que empiece a cortarse un poco la onda. Pasado ni pensar. Veremos. Perdón, pero Gordis Chayanne sigue siendo inigualable.

Venía de pasarse varias temporadas detrás de una cortadora de fiambres en algún lugar del conurbano, primer cordón, sacando cien de paleta para allá, doscientos de bondiola para acá. Cuando llegó al call, me cuenta P, parece que la rompió. La cambiaron de sector, fue a parar a bajas, que viene a ser una zona caliente: por ahí pasan los clientes que, hartos, quieren dejar de ser clientes. Como le siguió yendo bien, la hicieron supervisora. Su señor esposo, tachero, la empezó a mirar de costado. La patrona se iba para arriba en el mundo corporativo y parece que el don no sabía muy bien cómo reacomodarse.

Pequeña P tiene un cintita roja en la mano izquierda pero no es cintita VF premio de buena métrica sino más bien, parece, cintita roja contra la envidia, mala onda, mal de ojo, esas cosas para las que evidentemente funcionan las cintitas rojas cuando un supersticioso se las pone. P me dice en secreto que Platinada Platinadísima es una inútil y que si alguien quiere elevar una queja, ella nos dice con qué PM hay que hablar. Estalla la interna de las supervisoras.

No sé a dónde se llevan los head set. Ayer, cuando llegamos, no estaban porque nada estaba. Pero hoy, tampoco. Un chico barbita, buzo Narrow y pelo con gel, medio stone levantado a la mañana, con cara de me gusta escuchar el TC en la voz del Tano Fazzini, me da una vincha vieja. Y sin almohadilla. Debe ser la única sin almohadilla que quedó funcionando y me viene a tocar a mí. Le digo al stoncito madrugador: ¿no tenés una con almohadilla?”
No, me dice, seco y poco preocupado por si tengo el derecho a reclamar o no un instrumento de trabajo en condiciones.

Me tocó un monitor con cartel que dice: “la forma más cómoda y rápida para normalizar la situación es realizar el pago a través de tarjeta bancaria (débito o crédito. ¿Desea realizar el pago por este método?”. No entiendo, pero quedo contento, sospechando que debe estar bueno no entender carteles como este.

Está bien, es el segundo día, pero baño en el piso podríamos tener. Y sala de break. Bueno, no: hay que bajar. Y bajar son segundos. Y segundos son métricas. Y métricas son salario. Igual, no hay.

En nuestro mismo segundo piso, pero al otro lado, un montón de maderitas recortadas descansan sobre el piso. Son boxes en estado protozooario. Sobre la alfombra hay esparcidas herramientas, tubos de pegamento, instrumentos de medición. ¿Cuánto lleva convertir este montón de partes en un piso funcionando? Hermano TP, mañana volveremos a verte crecer.

Cuando nos vamos, pequeña P nos dice que hay que reacomodar el tema de los francos. Una jugada de presentación. Quiere ser buena. Quiere que seamos buenos con ella. Aquí todo es amor.

martes 2 de octubre de 2007

DIA 19 – ¿Seselovsky? No, no te tengo

Bien, parece que esto es nuestro nuevo edificio: un espanto a la cal.
Para entrar hay que atravesar una cortina de rejas por el cuadradito recortado que viene a ser la puerta. No es que esté mal, pero la sensación es la de estar entrando a un depósito de Puente Alsina mucho antes que a una empresa líder del mundo de la telecomunicaciones. Bueno, pobre TP, hace lo que puede.

Una vez del otro lado, lo que hay es una exaltación del minimalismo: pura pared blanca de cal reciente y, sobre la derecha, una mesita descolada que te dan ganas de ponerte a arreglarla un poco, con dos morochos de camisa blanca y gorra que te miran y te preguntan el nombre. El sistema de ingreso, un poquito analógico, consiste en dos hojitas A4 donde alguien escribió los nombres de todos nosotros, o de todos los que se acordaba. Los guardias revisan con cara de estamos haciendo nuestro trabajo, no nos jodan, y te dejan pasar o no, según. La lista arranca con nombres impresos pero enseguida pasa a nombres escritos a mano, más o menos como venga. Yo no estoy. El señor agente de seguridad interior me vuelve a buscar, esta vez pasando la punta de su Bic sin tapita por encima de cada apellido.
-¿Cómo me dijiste?
-Seselovsky
-¿Con c?
-No, con s.
-Aaaahhh, con s…
-Sí, ese e ese e.
-No, che, tampoco.
Yo pienso que si me importaran las métricas, estaría nervioso. ¿En dónde quedará registrada la lenta destreza del muchacho de la gorra que me busca, me busca y no me puede encontrar?
-A ver, fijate vos, a ver…

Le dice el pibe con gorra al otro pibe con gorra. Como no aparezco, medio que no saben qué hacer. Yo creo que si hubiera un teléfono, llamarían. Finalmente, uno me dice: “A ver, repetime tu nombre”. Y paso a ocupar otro lugar en la lista, abajo del que llegó recién y a pura caligrafía combatiente.

No sé ni a dónde tengo que ir así que subo la primera escalera que veo, medio por default. Cuando llego a una puerta, me mando y, de golpe, el piso resbaloso de polvillo se convierte en piso alfombrado y con polvillo. Camino, camino más y ahí está, abriéndose ante mí, el primer piso: imposible no asombrarse.
Trescientos cincuenta boxes ordenados y en fila ocupando una extensión de metros cuadrados que me cuesta un poco calcular: ¿dos mil? ¿tres mil? Y todo muy nuevo. Ya no hay plantronic, ahora uno se loguea directamente en un teléfono, parece. Y los head set tienen almohadilla, lo que prueba que Dios existe.

Busco a los supervisores, su torre de vigilancia. Y veo: en el centro del piso, hay un islote con monitores planos. Son como varias posiciones agrupadas cuya estructura, después descubro, se repite en dos sectores más.
En la isla del centro, en el exacto medio del piso, sobre el borde de la plataforma, altos, dignísimos, hay tres trofeos como esperando su ganador. Son tres copitas de ese amarillo mentira con el que pintan los fabricantes las copas que colocan sobre las bases de madera, madera mentira. “Son para los de televentas”, me va a explicar más tarde una señora en la sala de break. “No, son de un campeonato de fútbol”, dirá un chico de frente a la máquina de café. Yo, que no sé nada, que recién llegué, miro los trofeos y pienso: ah.

Allá, al otro lado de todo este mar, veo a mis compañeros. Está Chico TV, con sus botas Charro de principios de los 90 que taconean fuerte sobre lo que pisen, si es alfombra no importa. Está Le Peque, siempre lista, como siempre. Está Chico Recursos Humanos y Richard Ricotero. Mi chico de la Hoz aún no viene. Hola. Hola. Cómo andan. ¿Ya tenemos box? ¿Y cuándo nos van a decir? Llega un supervisor que nos lleva por los pasillos, pregunta, pregunta y no parece obtener la respuesta que necesita. Alguien le dice que Siva, al segundo. Y ahora, en manada, vuelvo a salir a las escaleras.

El piso de arriba es una réplica a escala del piso que acabamos de dejar: 250 boxes y uno es el mío. Frente a un ventanal cubierto con papel madera espero que me traigan una vincha.

En eso estamos, cuando llega ella, mi pequeña P.

lunes 1 de octubre de 2007

DIA 18 – Late con fuerza mi corazón

Me inquieta que el mic del headset quede lo suficientemente curvo como para hacerme sentir uno de esos tipos del fútbol americano que dan órdenes desde afuera del campo. Que corra justo sobre la mejilla y quede allí, al borde de la comisura, perfecto en su curva sobre la cara. Otras veces lo pongo más palito recto y doblo el mic hacia la boca: no me pregunten por qué, pero con ese me siento más empleado de auto Mac.
Todo el tiempo estoy acomodándolo y ya empieza a volverse una obsesión. De golpe me canso de mi mismo y lo retuerzo todo. Después me arrepiento y, atormentado, me digo: ay, no, debe quedar un espanto. Trato de verme en el reflejo del monitor, pero entran llamados, se abren las ventanas y no se ve nada. Hay preocupaciones que adentro de un call center ganan una dimensión inesperada.

Al cliente lo recibe mi grabadora. Okay, se agradece. Pero despedirlo, lo despido yo: “bien, manténgase por favor un momento a la espera, voy a transferir su llamada con el sector correspondiente, gracias”. Y ahí se va.
Hoy empecé a contar cuántas veces decía “bien, manténgase por favor un momento a la espera, voy a transferir su llamada con el sector correspondiente, gracias”. Fui haciendo palitos en mi cuadernito oculto bajo el buzo oculto hasta que llegué a 17 y medio me aburrrí. Después empecé a hacer de a cinco. Después cuando me acordaba. En total hice 43 palitos, y debo haber dejado de hacer unos 20. Así que unas sesenta veces al día, en un tiempo que no excede las cinco horas y media, durante cinco días a la semana, yo digo: “bien, manténgase por favor un momento a la espera, voy a transferir su llamada con el sector correspondiente, gracias”.
Es un fraseo largo, estirado. A veces siento que no llego más al “gracias” del final. A veces no sé ni por dónde voy. Sin embargo, he logrado construir algunos pequeños pensamientos mientras la enuncio. No hay muchas cosas en que se pueda pensar durante un “bien, manténgase por favor un momento a la espera, voy a transferir su llamada con el sector correspondiente, gracias”, porque no te dan los caracteres, pero me alcanza para mirar la hora y calcular el break, para sacarme una cascarita, para verlo a Domizi en el aire clavándole un frentazo a Central. Voy ganando oficio.

Hoy volvió mi chico de la Hoz. Me lo encontré en la sala de break, paradito frente a la pantalla de TN, una sonrisa de dientes chiquitos le cruzaba la cara mientras en la tele Nicolas Sarkozy hacía primeros anuncios. Mi amor, qué pibe feliz.

Mañana entramos una hora más tarde. Y en edificio nuevo. Nos dicen que se van a regularizar los francos. Y que ya tenemos supervisora. Late con fuerza mi corazón en la víspera de tu presencia: Santa Patrona del agente Siva descastado, no puedo esperar a conocerte.