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viernes 21 de septiembre de 2007
DIA 14 - El imperio Avaya
Sigo sin ver a mis amigos. Digo, los veo, pero ya no somos lo que éramos.
Y sigo sin ver a mi operador nacionalsocialista favorito chico de la Hoz, nieto ilustre del ilustre don Alfredo. Una poco porque falta día por medio. Creo que mucho no se la banca. Igual, por lo que sea, ya no lo escucho decir sus cosas. Sus cosas: que la democracia fracasó, que la inseguridad es un problema de la democracia, que "ellos" ya van a volver. De verdad se zarpa, a veces. Y de verdad no tiene conciencia de estar zarpándose. Cada vez que lo escucha La Peque, que tiene familiares desaparecidos pero que está bien lejos del perfil militante trosko marchita pancarta ni olvido ni perdón, se lo quiere comer crudo. Ay, mi amigo Andrés. Extraño esas ganas de molestarlo un rato, y después decir no, pobre, y después contarle mis sospechas de su comportamiento pedófilo y después decirle que no, era joda, y después que no, que era en serio, que los curas se cogen a los nenes, y después que no, era joda, y ver cómo su cara pasa del espanto al relajo al espanto al relajo y después dejarlo ahí, pensando si de verdad soy su amigo. Era divertido.
El box, no me jodan, es una patología.
El box es un lugar sin marcas, un festín para semiólogos. Su cuadratura es el correlato de la cuadratura del trabajo, su expresión material. No se puede pegar nada allí: una foto, un escudito de Newell’s, nada. Sólo te permiten tener el mate-a-mate o matematic o, por su nombre científico, termo autocebante: un tubo plástico con el que podés tomar todo el mate que quieras sin cebar. Te lo encontrás box de por medio y es la bebida del telemarketer argentino.
En el call, la única comunicación posible es hacia las profundidades del box, en su justo centro, donde refulge la pantalla de la computadora, y allí el imperio Avaya, el soft que todo lo mide, cada movimiento de tu mouse, cada segundo de más en el break, cada duración de cada llamada. Avaya te está observando.
Avaya te dice que atiendas (De verdad, la ventana que se abre dice: “el cliente te está escuchando, habla”. Y el uso del imperativo no puede ser casual.)
Avaya mide tus tiempos y tus tiempos no pueden ser cualquier tiempo.
El promedio para resolver un reclamo es de 4’13’’. Para rutear a un cliente (SIVA, lo que yo hago) 30 segundos.
Avaya sabe si lo hice en 31.
Avaya sabe si me fui de break más de quince minutos.
Avaya no sabe qué hago mientras.
Avaya no tiene interés en saberlo.
Avaya sabe que me deslogueé para break a las 5:07:15 y me volví a loguear a las 5:22:37.
Avaya sabe que hoy me pasé 22 segundos.
Es todo lo que Avaya necesita saber.
Avaya sabe que hay una llamada y yo no la estoy atendiendo
Avaya sabe que hay tres llamadas en cola y yo ni mu.
Avaya sabe que me tiene que enviar una orden cuando no activo el semáforo verde que pone al cliente en línea
Avaya me envía un pop que explota de golpe en mi pantalla y dice: ¡Conéctate!
Avaya después le cuenta todo al Force, el departamento que todo lo controla.
Y Force arma mis métricas, y capaz que me dice que estoy lento, que tengo que resolver mejor, y como también me grabaron pueden mandarme a la auditoría de calidad. Y que qué está pasando con mi sonrisa telefónica.
Avaya está triste.
Avaya está solo.
Avaya no puede conseguir amigos.
6:07: clientes mil.
Mi vincha no se de desliza porque está agarrada con cinta scotch. Ahí está, ahí salió. Ahora, sí: a trabajar contento.
Y sigo sin ver a mi operador nacionalsocialista favorito chico de la Hoz, nieto ilustre del ilustre don Alfredo. Una poco porque falta día por medio. Creo que mucho no se la banca. Igual, por lo que sea, ya no lo escucho decir sus cosas. Sus cosas: que la democracia fracasó, que la inseguridad es un problema de la democracia, que "ellos" ya van a volver. De verdad se zarpa, a veces. Y de verdad no tiene conciencia de estar zarpándose. Cada vez que lo escucha La Peque, que tiene familiares desaparecidos pero que está bien lejos del perfil militante trosko marchita pancarta ni olvido ni perdón, se lo quiere comer crudo. Ay, mi amigo Andrés. Extraño esas ganas de molestarlo un rato, y después decir no, pobre, y después contarle mis sospechas de su comportamiento pedófilo y después decirle que no, era joda, y después que no, que era en serio, que los curas se cogen a los nenes, y después que no, era joda, y ver cómo su cara pasa del espanto al relajo al espanto al relajo y después dejarlo ahí, pensando si de verdad soy su amigo. Era divertido.
El box, no me jodan, es una patología.
El box es un lugar sin marcas, un festín para semiólogos. Su cuadratura es el correlato de la cuadratura del trabajo, su expresión material. No se puede pegar nada allí: una foto, un escudito de Newell’s, nada. Sólo te permiten tener el mate-a-mate o matematic o, por su nombre científico, termo autocebante: un tubo plástico con el que podés tomar todo el mate que quieras sin cebar. Te lo encontrás box de por medio y es la bebida del telemarketer argentino.
En el call, la única comunicación posible es hacia las profundidades del box, en su justo centro, donde refulge la pantalla de la computadora, y allí el imperio Avaya, el soft que todo lo mide, cada movimiento de tu mouse, cada segundo de más en el break, cada duración de cada llamada. Avaya te está observando.
Avaya te dice que atiendas (De verdad, la ventana que se abre dice: “el cliente te está escuchando, habla”. Y el uso del imperativo no puede ser casual.)
Avaya mide tus tiempos y tus tiempos no pueden ser cualquier tiempo.
El promedio para resolver un reclamo es de 4’13’’. Para rutear a un cliente (SIVA, lo que yo hago) 30 segundos.
Avaya sabe si lo hice en 31.
Avaya sabe si me fui de break más de quince minutos.
Avaya no sabe qué hago mientras.
Avaya no tiene interés en saberlo.
Avaya sabe que me deslogueé para break a las 5:07:15 y me volví a loguear a las 5:22:37.
Avaya sabe que hoy me pasé 22 segundos.
Es todo lo que Avaya necesita saber.
Avaya sabe que hay una llamada y yo no la estoy atendiendo
Avaya sabe que hay tres llamadas en cola y yo ni mu.
Avaya sabe que me tiene que enviar una orden cuando no activo el semáforo verde que pone al cliente en línea
Avaya me envía un pop que explota de golpe en mi pantalla y dice: ¡Conéctate!
Avaya después le cuenta todo al Force, el departamento que todo lo controla.
Y Force arma mis métricas, y capaz que me dice que estoy lento, que tengo que resolver mejor, y como también me grabaron pueden mandarme a la auditoría de calidad. Y que qué está pasando con mi sonrisa telefónica.
Avaya está triste.
Avaya está solo.
Avaya no puede conseguir amigos.
6:07: clientes mil.
Mi vincha no se de desliza porque está agarrada con cinta scotch. Ahí está, ahí salió. Ahora, sí: a trabajar contento.
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