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miércoles 26 de septiembre de 2007

DIA 16 - Al otro lado de la avenida, el mal descansa

3:37 de la madrugada, abro los ojos. Debería llevar 37 minutos logueado, pero estoy en mi vieja cama. Bien, hoy llegamos tarde.

Nadie me dice nada. Pero no por indulgencia, sino por desorganización: todavía no tengo supervisor. Y los que están no me tienen visto, no están seguros si estoy yendo, viniendo o soy el chico de la limpieza.
¿Respiramos, entonces?
No, porque el sistema lo sabe: el sistema sabe que me logueé exactamente 4:23. Y vos sabés que el sistema lo sabe. Y ellos saben que vos sabés que el sistema lo sabe. Ese es el control. En todo caso, eso es lo que podríamos llamar maltrato, si, ponele, de maltrato tuviéramos que hablar: la apropiación de la información y los registros, mucho más allá de la puesta en marcha de una sanción, o no.

La ciudad. Es maravillosa en la puerta, en la calle, a las cinco y media de la mañana, esa postal del vacío.
Al otro lado de la avenida, el mal descansa. El mal, digo, lo que resulta cómodo, ganancial y facilongo llamar el mal: los edificios de la patria corporativa en la justa mitad de su sueño, restaurándose.
En línea recta, El Ancho: el edificio Movistar, negrito y peleagudo. A la derecha, más largos y un poco en yunta, Gog y Magog: Sun Microsystems y Consultatio. Más lejos, con su frente de alta parrilla, Microsoft. A la izquierda, el gran elefante blanco: IBM. Y allá lejos, bien lejos pero cogoteando con impertinencia, un poco queriendo pertenecer, la torre de los ingleses.
De este lado, un puñadito bastante tristón de chicos en zapatillas apurando un pucho en el frío. Y yo estoy ahí. Ahí estamos.
Corre viento, pero el latón verde cuadrado que dentro de un rato será un kiosko de revistas sirve de amparo. Durante el primer break no hay kiosko: hay que esperar al segundo, después de las siete. Ahí sí, a la vuelta, sobre Paraguay, 60 metros en subida, un angosto localcito abre sus puertas para ofrecer las delicias gastronómicas del microcentro: un pebete, un triangulito de miga, una bolsa de maíz inflado a un peso veinticinco. Mi preferida es la noble medialuna con jamón y queso y su complemento suficiente: el sobrecito de mayonesa. Sabiéndolos combinar y con la dosis justa del microondas de la sala de break, resultan un plato con personalidad.

Antes de subir, le pego una última mirada a la ciudad dormida. Y me acuerdo.
Hay un poema de Borges, no sé si está en Luna de enfrente o alguno de esos primeros libros orilleros, que dice que el mundo, a la hora del sueño, corre el riesgo de desaparecer. El poema, Amanecer se llama, habla de unos de esos juguetes metafísicos que al señor Borges tanto le gustaban y postula, muy schopenhauerianamente, que las cosas existen porque hay alguien que las percibe. Y que en la noche, cuando todos duermen, a Dios le sería fácil aniquilar del todo su obra. Dice que los despiertos son los que salvan con su vigilia y su percepción al universo. Así que acá estamos, más modestos, salvando por quince minutos que no pueden ser quince minutos y diez segundos, la esquinita de Alem y Paraguay.

Subo.
Subimos.
Me calzo el head set.
Bip: semáforo verde.
vodafonebuenosdíasminombreesalejandroenquélepuedoayudar
Es un argentino: mi primer argentino.
Me cuenta que recargó su cupón (posta que no me dice tarjeta, me dice cupón y yo pienso en los argentinos que hablan con acento español, el hijo de Jairo, la Cherubito, y en cómo hablarán cuando van a España y nadie les pregunta por su acento) y que no sabe por qué carajo (posta que me dice carajo, ese sí le sale bien argento, la C clavándose con fuerza en el aire de su voz) no se le acreditó.
Le pido el número de su móvil. Me lo dicta con resignación. Le digo que voy a transferirlo con el sector correspondiente muchas gracias por llamar a Vodafone. No me dice nada. Se va. Yo concluyo: el techo de rabia del cliente español es el piso de rabia del cliente argentino. Ellos llegan hasta el exacto lugar donde nosotros comenzamos. Cuando un español se enoja mucho, se parece a un argentino estándar. Quizá estén mejor domados. O será que viven más satisfechos.