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jueves 27 de septiembre de 2007
DIA 17 – La vida, el azar y los supervisores
Si hacés las cosas bien te podés llevar regalos. Premios, vamos a llamarlos así.
Por ejemplo, una cintita roja que dice Vodafone muchas veces y que te sirve, si querés, para colgarte algo del cuello: groso. Eso sí, te la tenés que ganar. Gordis Chayanne tenía una, creo que por unas métricas que le habían dado bien, ya saben, las métricas, la suma y la resta de tus tiempos atendiendo clientes y despachando. Gordis era un talento. Y por eso se alzaba con esa clase de medallas. Me dicen que también te dan remeras, pero ya tanto me hace sospechar: ¿Una remera? ¿Con lo que sale?
Me gustaría saber cómo se produce la entrega de uno de estos chirimbolos. ¿Viene un supervisor, te da la cintita en la mano y ya? ¿Y vos le decís gracias? ¿Y el te dice gracias no, te lo merecés? ¿Y vos ponés cara de ay, no sé? ¿Y el te palmea la espalda? ¿Y vos sos feliz?
Parece que los chicos Siva medio que no existimos: somos la última casta del call.
“¿Te podés quedar un rato más?”, me dice una supervisora con dientes hacia fuera y cara de niña con responsabilidades. Después me explica: “Es que te imaginás que no podemos sacar a alguien de 123 para mandarlo a Siva”.
Los de 123 son el equipo titular.
Me desconecto un toque para poder entrar en Avaya. Abro una solapa que dice call history: ahí está todo, ahí estoy yo. Cada clic que hice desde que entré tiene su registro: horas, minutos y segundos de logueo, de break, de llamadas atendidas, de haberme hecho el boludo y haberlas dejado pasar.
Viene la supervisora de la cara niña: ¿Me figurás desconectado, pasa algo?
El headset de hoy no tiene cinta scoth: tiene cinta aisladora negra, que no es lo mismo: se nota menos.
Junto al teclado tengo una especie de botonera que, me dicen, se llama plantronic o algo así y parece que sirve, por ejemplo, para dejar en hold al cliente. Hay que asegurarse de apretar bien el botón de hold porque, ha pasado, vos creés que el tipo está en espera y no, resulta que está ahí escuchándolo todo. Vos decís huevadas mientras resolvés la llamada y cuando volvés hay un español que te pregunta: a ver ¿por qué dices que te rompo las pelotas? Si además tuviste la suerte de que esa llamada, justo esa puta llamada, te la grabaran los auditores de calidad, estás a un paso del despido.
Cuando entra un llamado, una grabación dice mi nombre y la bienvenida. Tuve que grabar tres bienvenidas: con buenos días, con buenas tardes, con buenas noches. Y el soft sabe qué hora es y cuál tiene que activar. Ya hemos dicho que el soft lo sabe todo.
Cuando termina la grabación, llega ella: la voz. Ese es todo un momento, un mundo entero puede estar del otro lado. Puede ser un grito, un llanto, un rumano. O, simplemente, un cliente con un problema.
Uno de los que mejor rankea es el que entró mal su clave pin y se le bloqueó el aparato. Algunos llaman con la voz de quien lo ha perdido todo para siempre. Otros, más cancheros, te dicen: “código puk”.
A la derecha de mi pantalla, tengo un árbol de opciones. Pin y puk, así como suena, es la locución, la grabadora, que te dicta el código que sirve para volver a tener lo que ya no tenías. Hoy derivé cinco códigos puk seguidos, y sentí que la aventura del call no tiene fin…
Hace dos días que no veo a mi chico de la Hoz. Tengo miedo de que vuelva y no nos encuentre. Pasado mañana nos mudamos y, ahora sí, nos juran, vamos atener nuestra propia supervisora, que es como una mamá a quien irle con tu vida siempre que tu vida no estorbe su trabajo.
El tema del supervisor es el correlato de la suerte y de la vida. En un lugar donde todo quiere estar tan medido y controlado, el azar no alcanza en ningún otro momento un protagónico tan grande como en el tema de qué supervisor “te toca”. Porque a vos no se te asigna un supervisor, no se te transfiere con. A vos el supervisor “te toca”. Y ese es un ingreso en tu vida.
Si nos toca el chico de flequillo, dientón y medio jorobadito, zafamos: no puede ser más amable. ¿Guido se llama? Si nos toca platinada platinadísima, mejor pedir un traslado a Oriente Medio. Laura M. es mala y le gusta serlo. No sé por qué hay gente que cierra tan bien su personaje: tan redondito, predeterminado. Platinada platinadísima es como una mala de Chiquititas, así, de un tirón, el trazo grueso de Cris Morena imaginando una supervisora de call center.
Por ejemplo, una cintita roja que dice Vodafone muchas veces y que te sirve, si querés, para colgarte algo del cuello: groso. Eso sí, te la tenés que ganar. Gordis Chayanne tenía una, creo que por unas métricas que le habían dado bien, ya saben, las métricas, la suma y la resta de tus tiempos atendiendo clientes y despachando. Gordis era un talento. Y por eso se alzaba con esa clase de medallas. Me dicen que también te dan remeras, pero ya tanto me hace sospechar: ¿Una remera? ¿Con lo que sale?
Me gustaría saber cómo se produce la entrega de uno de estos chirimbolos. ¿Viene un supervisor, te da la cintita en la mano y ya? ¿Y vos le decís gracias? ¿Y el te dice gracias no, te lo merecés? ¿Y vos ponés cara de ay, no sé? ¿Y el te palmea la espalda? ¿Y vos sos feliz?
Parece que los chicos Siva medio que no existimos: somos la última casta del call.
“¿Te podés quedar un rato más?”, me dice una supervisora con dientes hacia fuera y cara de niña con responsabilidades. Después me explica: “Es que te imaginás que no podemos sacar a alguien de 123 para mandarlo a Siva”.
Los de 123 son el equipo titular.
Me desconecto un toque para poder entrar en Avaya. Abro una solapa que dice call history: ahí está todo, ahí estoy yo. Cada clic que hice desde que entré tiene su registro: horas, minutos y segundos de logueo, de break, de llamadas atendidas, de haberme hecho el boludo y haberlas dejado pasar.
Viene la supervisora de la cara niña: ¿Me figurás desconectado, pasa algo?
El headset de hoy no tiene cinta scoth: tiene cinta aisladora negra, que no es lo mismo: se nota menos.
Junto al teclado tengo una especie de botonera que, me dicen, se llama plantronic o algo así y parece que sirve, por ejemplo, para dejar en hold al cliente. Hay que asegurarse de apretar bien el botón de hold porque, ha pasado, vos creés que el tipo está en espera y no, resulta que está ahí escuchándolo todo. Vos decís huevadas mientras resolvés la llamada y cuando volvés hay un español que te pregunta: a ver ¿por qué dices que te rompo las pelotas? Si además tuviste la suerte de que esa llamada, justo esa puta llamada, te la grabaran los auditores de calidad, estás a un paso del despido.
Cuando entra un llamado, una grabación dice mi nombre y la bienvenida. Tuve que grabar tres bienvenidas: con buenos días, con buenas tardes, con buenas noches. Y el soft sabe qué hora es y cuál tiene que activar. Ya hemos dicho que el soft lo sabe todo.
Cuando termina la grabación, llega ella: la voz. Ese es todo un momento, un mundo entero puede estar del otro lado. Puede ser un grito, un llanto, un rumano. O, simplemente, un cliente con un problema.
Uno de los que mejor rankea es el que entró mal su clave pin y se le bloqueó el aparato. Algunos llaman con la voz de quien lo ha perdido todo para siempre. Otros, más cancheros, te dicen: “código puk”.
A la derecha de mi pantalla, tengo un árbol de opciones. Pin y puk, así como suena, es la locución, la grabadora, que te dicta el código que sirve para volver a tener lo que ya no tenías. Hoy derivé cinco códigos puk seguidos, y sentí que la aventura del call no tiene fin…
Hace dos días que no veo a mi chico de la Hoz. Tengo miedo de que vuelva y no nos encuentre. Pasado mañana nos mudamos y, ahora sí, nos juran, vamos atener nuestra propia supervisora, que es como una mamá a quien irle con tu vida siempre que tu vida no estorbe su trabajo.
El tema del supervisor es el correlato de la suerte y de la vida. En un lugar donde todo quiere estar tan medido y controlado, el azar no alcanza en ningún otro momento un protagónico tan grande como en el tema de qué supervisor “te toca”. Porque a vos no se te asigna un supervisor, no se te transfiere con. A vos el supervisor “te toca”. Y ese es un ingreso en tu vida.
Si nos toca el chico de flequillo, dientón y medio jorobadito, zafamos: no puede ser más amable. ¿Guido se llama? Si nos toca platinada platinadísima, mejor pedir un traslado a Oriente Medio. Laura M. es mala y le gusta serlo. No sé por qué hay gente que cierra tan bien su personaje: tan redondito, predeterminado. Platinada platinadísima es como una mala de Chiquititas, así, de un tirón, el trazo grueso de Cris Morena imaginando una supervisora de call center.
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