Mostrando entradas con la etiqueta DIA 19. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DIA 19. Mostrar todas las entradas

martes 2 de octubre de 2007

DIA 19 – ¿Seselovsky? No, no te tengo

Bien, parece que esto es nuestro nuevo edificio: un espanto a la cal.
Para entrar hay que atravesar una cortina de rejas por el cuadradito recortado que viene a ser la puerta. No es que esté mal, pero la sensación es la de estar entrando a un depósito de Puente Alsina mucho antes que a una empresa líder del mundo de la telecomunicaciones. Bueno, pobre TP, hace lo que puede.

Una vez del otro lado, lo que hay es una exaltación del minimalismo: pura pared blanca de cal reciente y, sobre la derecha, una mesita descolada que te dan ganas de ponerte a arreglarla un poco, con dos morochos de camisa blanca y gorra que te miran y te preguntan el nombre. El sistema de ingreso, un poquito analógico, consiste en dos hojitas A4 donde alguien escribió los nombres de todos nosotros, o de todos los que se acordaba. Los guardias revisan con cara de estamos haciendo nuestro trabajo, no nos jodan, y te dejan pasar o no, según. La lista arranca con nombres impresos pero enseguida pasa a nombres escritos a mano, más o menos como venga. Yo no estoy. El señor agente de seguridad interior me vuelve a buscar, esta vez pasando la punta de su Bic sin tapita por encima de cada apellido.
-¿Cómo me dijiste?
-Seselovsky
-¿Con c?
-No, con s.
-Aaaahhh, con s…
-Sí, ese e ese e.
-No, che, tampoco.
Yo pienso que si me importaran las métricas, estaría nervioso. ¿En dónde quedará registrada la lenta destreza del muchacho de la gorra que me busca, me busca y no me puede encontrar?
-A ver, fijate vos, a ver…

Le dice el pibe con gorra al otro pibe con gorra. Como no aparezco, medio que no saben qué hacer. Yo creo que si hubiera un teléfono, llamarían. Finalmente, uno me dice: “A ver, repetime tu nombre”. Y paso a ocupar otro lugar en la lista, abajo del que llegó recién y a pura caligrafía combatiente.

No sé ni a dónde tengo que ir así que subo la primera escalera que veo, medio por default. Cuando llego a una puerta, me mando y, de golpe, el piso resbaloso de polvillo se convierte en piso alfombrado y con polvillo. Camino, camino más y ahí está, abriéndose ante mí, el primer piso: imposible no asombrarse.
Trescientos cincuenta boxes ordenados y en fila ocupando una extensión de metros cuadrados que me cuesta un poco calcular: ¿dos mil? ¿tres mil? Y todo muy nuevo. Ya no hay plantronic, ahora uno se loguea directamente en un teléfono, parece. Y los head set tienen almohadilla, lo que prueba que Dios existe.

Busco a los supervisores, su torre de vigilancia. Y veo: en el centro del piso, hay un islote con monitores planos. Son como varias posiciones agrupadas cuya estructura, después descubro, se repite en dos sectores más.
En la isla del centro, en el exacto medio del piso, sobre el borde de la plataforma, altos, dignísimos, hay tres trofeos como esperando su ganador. Son tres copitas de ese amarillo mentira con el que pintan los fabricantes las copas que colocan sobre las bases de madera, madera mentira. “Son para los de televentas”, me va a explicar más tarde una señora en la sala de break. “No, son de un campeonato de fútbol”, dirá un chico de frente a la máquina de café. Yo, que no sé nada, que recién llegué, miro los trofeos y pienso: ah.

Allá, al otro lado de todo este mar, veo a mis compañeros. Está Chico TV, con sus botas Charro de principios de los 90 que taconean fuerte sobre lo que pisen, si es alfombra no importa. Está Le Peque, siempre lista, como siempre. Está Chico Recursos Humanos y Richard Ricotero. Mi chico de la Hoz aún no viene. Hola. Hola. Cómo andan. ¿Ya tenemos box? ¿Y cuándo nos van a decir? Llega un supervisor que nos lleva por los pasillos, pregunta, pregunta y no parece obtener la respuesta que necesita. Alguien le dice que Siva, al segundo. Y ahora, en manada, vuelvo a salir a las escaleras.

El piso de arriba es una réplica a escala del piso que acabamos de dejar: 250 boxes y uno es el mío. Frente a un ventanal cubierto con papel madera espero que me traigan una vincha.

En eso estamos, cuando llega ella, mi pequeña P.