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miércoles 3 de octubre de 2007
Día 20 – Bienvenida a mi, pequeña P
Van dos días de Pequeña P y ya me cuesta imaginarla de otra forma que no sea con saquito de hilo primer botón abrochado el resto no, pantalón de vestir raya muy marcada dobladillo prolijo puede ser gabardina puede ser algodón, zapatitos serios, cuero marrón cuero negro, en fin, una señora lookeada en Etam pero sub 35.
Perla E., pequeña P para mí y para todos ustedes, no es tan pequeña. Es más bien… bueno, que no es tan pequeña. Tiene pelo largo ondulado muy de perma, color castaño by Koleston, un poco eléctrico, y se lo ata por sobre la cabeza, lo que le despeja bastante la cara. La cara: ojos chiquitos detrás de lentes chiquitos, boca chiquita, la piel morena y pecas. Las pecas le quedan bien.
Pequeña P es el clásico mando medio de call center. El primer día, buenísima. El segundo, buena, macanuda. Mañana pinta como para que empiece a cortarse un poco la onda. Pasado ni pensar. Veremos. Perdón, pero Gordis Chayanne sigue siendo inigualable.
Venía de pasarse varias temporadas detrás de una cortadora de fiambres en algún lugar del conurbano, primer cordón, sacando cien de paleta para allá, doscientos de bondiola para acá. Cuando llegó al call, me cuenta P, parece que la rompió. La cambiaron de sector, fue a parar a bajas, que viene a ser una zona caliente: por ahí pasan los clientes que, hartos, quieren dejar de ser clientes. Como le siguió yendo bien, la hicieron supervisora. Su señor esposo, tachero, la empezó a mirar de costado. La patrona se iba para arriba en el mundo corporativo y parece que el don no sabía muy bien cómo reacomodarse.
Pequeña P tiene un cintita roja en la mano izquierda pero no es cintita VF premio de buena métrica sino más bien, parece, cintita roja contra la envidia, mala onda, mal de ojo, esas cosas para las que evidentemente funcionan las cintitas rojas cuando un supersticioso se las pone. P me dice en secreto que Platinada Platinadísima es una inútil y que si alguien quiere elevar una queja, ella nos dice con qué PM hay que hablar. Estalla la interna de las supervisoras.
No sé a dónde se llevan los head set. Ayer, cuando llegamos, no estaban porque nada estaba. Pero hoy, tampoco. Un chico barbita, buzo Narrow y pelo con gel, medio stone levantado a la mañana, con cara de me gusta escuchar el TC en la voz del Tano Fazzini, me da una vincha vieja. Y sin almohadilla. Debe ser la única sin almohadilla que quedó funcionando y me viene a tocar a mí. Le digo al stoncito madrugador: ¿no tenés una con almohadilla?”
No, me dice, seco y poco preocupado por si tengo el derecho a reclamar o no un instrumento de trabajo en condiciones.
Me tocó un monitor con cartel que dice: “la forma más cómoda y rápida para normalizar la situación es realizar el pago a través de tarjeta bancaria (débito o crédito. ¿Desea realizar el pago por este método?”. No entiendo, pero quedo contento, sospechando que debe estar bueno no entender carteles como este.
Está bien, es el segundo día, pero baño en el piso podríamos tener. Y sala de break. Bueno, no: hay que bajar. Y bajar son segundos. Y segundos son métricas. Y métricas son salario. Igual, no hay.
En nuestro mismo segundo piso, pero al otro lado, un montón de maderitas recortadas descansan sobre el piso. Son boxes en estado protozooario. Sobre la alfombra hay esparcidas herramientas, tubos de pegamento, instrumentos de medición. ¿Cuánto lleva convertir este montón de partes en un piso funcionando? Hermano TP, mañana volveremos a verte crecer.
Cuando nos vamos, pequeña P nos dice que hay que reacomodar el tema de los francos. Una jugada de presentación. Quiere ser buena. Quiere que seamos buenos con ella. Aquí todo es amor.
Perla E., pequeña P para mí y para todos ustedes, no es tan pequeña. Es más bien… bueno, que no es tan pequeña. Tiene pelo largo ondulado muy de perma, color castaño by Koleston, un poco eléctrico, y se lo ata por sobre la cabeza, lo que le despeja bastante la cara. La cara: ojos chiquitos detrás de lentes chiquitos, boca chiquita, la piel morena y pecas. Las pecas le quedan bien.
Pequeña P es el clásico mando medio de call center. El primer día, buenísima. El segundo, buena, macanuda. Mañana pinta como para que empiece a cortarse un poco la onda. Pasado ni pensar. Veremos. Perdón, pero Gordis Chayanne sigue siendo inigualable.
Venía de pasarse varias temporadas detrás de una cortadora de fiambres en algún lugar del conurbano, primer cordón, sacando cien de paleta para allá, doscientos de bondiola para acá. Cuando llegó al call, me cuenta P, parece que la rompió. La cambiaron de sector, fue a parar a bajas, que viene a ser una zona caliente: por ahí pasan los clientes que, hartos, quieren dejar de ser clientes. Como le siguió yendo bien, la hicieron supervisora. Su señor esposo, tachero, la empezó a mirar de costado. La patrona se iba para arriba en el mundo corporativo y parece que el don no sabía muy bien cómo reacomodarse.
Pequeña P tiene un cintita roja en la mano izquierda pero no es cintita VF premio de buena métrica sino más bien, parece, cintita roja contra la envidia, mala onda, mal de ojo, esas cosas para las que evidentemente funcionan las cintitas rojas cuando un supersticioso se las pone. P me dice en secreto que Platinada Platinadísima es una inútil y que si alguien quiere elevar una queja, ella nos dice con qué PM hay que hablar. Estalla la interna de las supervisoras.
No sé a dónde se llevan los head set. Ayer, cuando llegamos, no estaban porque nada estaba. Pero hoy, tampoco. Un chico barbita, buzo Narrow y pelo con gel, medio stone levantado a la mañana, con cara de me gusta escuchar el TC en la voz del Tano Fazzini, me da una vincha vieja. Y sin almohadilla. Debe ser la única sin almohadilla que quedó funcionando y me viene a tocar a mí. Le digo al stoncito madrugador: ¿no tenés una con almohadilla?”
No, me dice, seco y poco preocupado por si tengo el derecho a reclamar o no un instrumento de trabajo en condiciones.
Me tocó un monitor con cartel que dice: “la forma más cómoda y rápida para normalizar la situación es realizar el pago a través de tarjeta bancaria (débito o crédito. ¿Desea realizar el pago por este método?”. No entiendo, pero quedo contento, sospechando que debe estar bueno no entender carteles como este.
Está bien, es el segundo día, pero baño en el piso podríamos tener. Y sala de break. Bueno, no: hay que bajar. Y bajar son segundos. Y segundos son métricas. Y métricas son salario. Igual, no hay.
En nuestro mismo segundo piso, pero al otro lado, un montón de maderitas recortadas descansan sobre el piso. Son boxes en estado protozooario. Sobre la alfombra hay esparcidas herramientas, tubos de pegamento, instrumentos de medición. ¿Cuánto lleva convertir este montón de partes en un piso funcionando? Hermano TP, mañana volveremos a verte crecer.
Cuando nos vamos, pequeña P nos dice que hay que reacomodar el tema de los francos. Una jugada de presentación. Quiere ser buena. Quiere que seamos buenos con ella. Aquí todo es amor.
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