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miércoles 10 de octubre de 2007

DIA 25 – Con P de perra

Cruzo la puerta 3:02: tarde. Saludo veloz a morochos A4 (ya somos como hermanos). Corro escaleras arriba. Saludo a mis compañeros. Saludo a mi globo. Enciendo. Me logueo. Buen día Avaya, buen día. Ya tengo un cliente en el oído cuando me llegan las esquirlas sonoras de la discusión que Pequeña P y mi chico de la Hoz están teniendo justo a mis espaldas. Es cierto, chico de la Hoz viene medio cuando quiere y Pequeña P, pura furia desatada en saquito de hilo, no tiene ganas de seguir tolerándolo. Cuando deja de zamarrear a mi operador nacionalsocialista favorito, pega medio giro y, sin esperar a que la mire, me dice, me grita:

¡Y vos… tenés un plan de acción!

Después de un rato de procesos neurolingüísticos, donde intervienen, con mayor o menos conciencia, mi compresión del español, la especificidad de la cultura, la subjetividad, tal vez los retos y los restos de la infancia, logro finalmente elaborar una respuesta:

¿Un qué?

Debe haberme salido medio balbuceado, porque Pequeña P ni se molestó en responderme. Por el contrario, se paró en el medio del grupo y, operística, hizo su obertura:

¡Cuidado conmigo, porque puedo ser buena onda pero también puedo ser una perra!

El cuadro era magnífico en su incongruencia, en su despilfarro de la razón. El cuadro: Chico TV con sus botas Charro, chico de la Hoz enojado en su dignidad clerical, La Peque inmereciéndolo todo, Chico Recursos Humanos chupándole todo un poquito un huevo, Richard Ricotero haciendo como que escucha y yo, sumergido en el misterio insondable de qué carajo será un plan de acción. Pequeña P siguió con el intermezzo:

Ustedes están en un período de prueba, ¿entienden eso? Y la que va a pasar el informe final soy yo, es decir, lo que yo evalúe es lo que va a determinar si conservan el trabajo. ¡Su suerte está en mis manos, chicos!

El resto del call empezó a cogotear y me hubiera gustado saber cómo se veía la escena desde lejos. Supongo que seis estatuitas sentadas y con head set rodeando a un tótem en movimiento. Por fin, pequeña P hizo su gran finale:

Les puedo mostrar sonrisitas y todo bien, pero por atrás… ¡se las mando a guardar!

Después, ya no la vimos por el resto de la mañana.

Nos quedamos todos sin saber cómo seguir. Nadie tomó el mando que Pequeña P acababa de revolearnos por la cabeza. Así que hicimos lo que creímos que había que seguir haciendo: sacar clientes para el 123.
Fue un mañana sin gracia, el resto de la mañana.

En el break, un chico me explica plan de acción: dícese de la sanción correctiva de la conducta que, sin llegar a quedar registrada en tu legajo, busca que mejores.

El día se hubiera ido en la anécdota de la supervisora irascible pero no. A las 9:01, ya deslogueaditos y listos para partir, nos encontramos a Pequeña P, al final de nuestra fila de boxes, un poco arrinconada. Nos acercamos. Y la vimos llorar.
Intentando controlar los espasmos cortitos de un llanto sin furia, Pequeña P nos pidió disculpas por la opereta de la mañana, y nos contó.
Total, que le habían entrado a la casa y se habían llevado todo. Y que “todo” incluía la cajita donde guardaba las cosas de su hija. Las lágrimas le iban cayendo sobre el saquito de hilo cuando Pequeña P llegó al clímax angustiado de su relato: dentro de la cajita, estaba el cordón umbilical de la pequeña.

A ver, cuál es la reacción correcta cuando tu supervisora de call center, que viene de pegarte una cagada a pedos formidable, te dice, al lado de tu box y llorando: “!!Se llevaron el cordón umbilical de mi nena!!” Yo no pude evitar pensar en un morocho del conurbano profundo sosteniendo en el aire un frasco de mayonesa con un fideo retorcido y mustio flotando en su interior, mirándolo con extrañeza y haciendo un alto en el agite del desvalijamiento para preguntarse: ¿qué mierda es esto?
Cuando nos íbamos, Pequeña P me dijo que me levantaba el plan de acción.

Todos salimos pensando pobre, ahora entendemos porque se puso así. La verdad, me hubiera gustado, como La Peque, quedarme con esa indulgencia, pero no puedo evitar pensar que por muy justificado que esté (y de verdad lo estaba) en el trato, maltrato de Pequeña P cuando llegó, está la latencia de un permiso. Quiero decir, nadie torea a sus subordinados con un “puedo ser una perra” si no siente que su acción se instala en una cultura de acciones más o menos homogéneas, reconocibles unas en otras, con algún grado de emparentamiento. Vamos, que nadie te putea si alguien no le dijo antes que valía putear.


Nota al presente:

Si por casualidad lee este blog el caballero caco que en mayo/junio de este año se llevó de una casa del Gran Buenos Aires, entre otras cosas que se llevó, un cordón umbilical, le agradecería que dejara una dirección por dónde pasar a buscar aquel tesoro ininteligible. Pequeña P y todos nosotros, agradecidos.