Mostrando entradas con la etiqueta DIA 26. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DIA 26. Mostrar todas las entradas

jueves 11 de octubre de 2007

DIA 26 – Melamina símil madera

Hoy mi chico de la Hoz volvió a faltar. Después del quilombete de ayer (Pequeña P nos puso y nos levantó un plan de acción a ambos, como hermanándonos) ya no creo que volvamos a verlo. Adiós, santo varón argentino.

Contra la pared, en las últimas dos posiciones, al fondo de mi fila de boxes, una parejita se da besos cuando puede. Los vengo mirando desde hace días y hasta ahora me habían perecido dos tortolitos call center felices felices. Pero esta mañana, a ella no se la ve bien. De golpe, medio que llora. El la abraza, la dice cosas. Ella amaga con pararse. El la retiene, la mantiene sentada. Pasan los minutos y la escena empieza a extenderse. Pequeña P, después de un rato, decide acercarse. El se corre. Se queda ahí, pero no habla. Habla ella, y cuando habla se exaspera, y cuando se exaspera llora, y cuando llora ya no puede hablar. Pequeña P se la lleva de allí, sólo a ella, él se queda. Me pasan por la espalda, nos van pasando por la espalda a todos, y se sientan en una mesa, a charlar, 30 metros más allá. Llega un PM, y ahí se quedan los tres.

Nadie, pero nadie, nadie, se decide a preguntar nada. El novio queda allá, nuevamente envinchado y trabajando. El resto, ni mu. Tampoco estoy esperando que suceda, no veo por qué debería, pero todo es demasiado disruptivo y esquizofrénico: 15 operadores hablando con máxima cordialidad mientras una llora frente a otra que la mira y le habla, todo en el mismo sitio, a la vez y en silencio.

Yo aprovecho para pegarle una ojeada a la máquina que Pequeña P dejó abierta. Leo. Hay una lista con todos los nombre de su equipo. Al lado del mío dice: “justificar observaciones”. Ahá.

Nunca me voy a enterar de qué le ocurrió a la chica porque al rato sucedió lo que me dijeron que me tenía que suceder y yo que seguía ahí, virgen de la caída del sistema. Bueno, que el Avaya dejó de funcionar, dejó de controlar.

Estaba listo para vivir mi primera mañana de call sin sistema que, me dicen, son mañanas que se ponen. Lamentablemente, sólo puedo contar la mezquindad de unos 25 minutos, en donde luego de un alegría culposa (de esas que no se gritan porque no corresponde pero que están ahí, destellando innegablemente en las caras de cada uno) con el anuncio, la orden, de “vuélvanse a loguear, chicos”, bu, todo se desvaneció. Apenas si hubo tiempo para un baño un poco más distendido, una vueltita por el piso de abajo, no más.

La palabra “chicos”, en su inalterable plural, sonando a cada momento en la boca de los supervisores, es una palabra que, no puedo evitar sentirlo así, está queriéndome vender algo, pero sin hacerse cargo de que está queriéndome vender algo. Expresa un símil amistad, símil todo bien entre ustedes y yo por eso los llamo me permito llamarlos chicos, símil vamos que somos un equipo, como la melamina es un símil madera. El “chicos” de los supervisores es eso, diría, una palabra símil.

La chica que lloraba ya no llora. Ahora está, casi, sonriendo, charlando algo que tiene que ser mucho menos grave, porque su novio está casi sonriendo también, ahí al lado. Como que ya pasó.

Ahí fue otro hold on, please.