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viernes 12 de octubre de 2007
DIA 27 – Al call argentino, salud
Sábado, 3 de la madrugada. Yo, a tiempo. Pero sólo yo, parece.
Abajo, en la puerta, no hay guardias. Subo: ni guardias ni nadie más. Es inquietante ver un piso con trescientas máquinas apagadas y nadie allí, sobre todo después de haberlo visto con trescientas máquinas encendidas y un ejército de autómatas dando la bienvenida, diciendo su nombre, el nombre de la empresa que representan. Subo un piso más. Voy hasta mi box: nadie, tampoco.
¿Dónde está todo el mundo? En este mismo instante hay un montón de españoles con problemas en sus móviles y aquí, la ausencia. Podría ponerme a correr en bolas, si tuviera ganas, que no. Pero podría. Pequeña P me va a explicar otro día que los del fin de semana renuncian rápido, que nadie se banca mucho trabajar el fin de semana. Es tranquilizador saber que incluso un call center puede volverse algo tan argentino.
Mis compañeros llegan al toque, pero sigue siendo extraño que seamos los únicos. La pregunta que nadie hace es ¿por qué tenemos que venir a trabajar si la empresa no viene a trabajar?
Lo último que voy a hacer es loguearme, que es exactamente lo primero que hace La Peque. “Si te logueás, cobrás”, dice Chico TV, con ese optimismo a prueba del mundo que tiene. Me voy a caminar.
El silencio es ese silencio de tubo de luz, ¿ubican? Como un zumbido que sólo se escucha cuando no hay otra cosa que escuchar. Si escuchás la luz, entonces de verdad estás solo.
Cuatro menos cuarto cae el estoncito buzo Narrow. Yo no tengo por qué estar ahí, boludeando entre los boxes vacíos, pero a él no parece importarle: no me mira, no me habla. Se sienta en un box de supervisor, enciende y ahí se queda. Cuando paso al rato, sigue ahí, la luz del monitor poniéndole azul la cara.
Cuatro y media: nadie.
Cinco: nadie.
Recién a las cinco y media, cuando La Peque lleva dos horas y media logueada y yo diez minutos, el call, perezosamente, empieza a poblarse. Por ahí veo a Platinada platinadísima, enojada con algo. Para las siete todo parece más normal.
En el segundo break: dos mujeres. Una rubia, alta, grandota, tetas grandes, voz en alarido, muy alegre por tratarse de las siete y algo de la mañana, se llama Blanca, me dice. Tiene 47 años y es la única persona, junto con la señora que la acompaña, que vi por arriba de los 40, 35. Es de ventas, y dice que le va bien. Que sale de acá y se va a otro call a vender medicamentos naturales para la comunidad hispana de los Estados Unidos. Que vende unos aceites que te agrandan el pene. No toma café de la máquina. Trajo el suyo. Es viuda y me jura que su hija es vizcondesa.
Chico TV me pregunta si debe agarrar un laburo en Musimundo. Es raro, Chico TV: estudia dirección en canal 7 pero no mira televisión, no sabe nada de Tinelli, ni de Gran Hermano ni de ningún otro programa. En cambio, sabe bastante de química.
-Musimundo, luca cincuenta en la mano, un franco por semana, de 9 a 6, ¿qué decís?
Yo lo miro y me quedo. No me animo a intervenir su suerte. Luca cincuenta en la mano, un franco por semana… no sé, ¿ustedes qué dicen?
Abajo, en la puerta, no hay guardias. Subo: ni guardias ni nadie más. Es inquietante ver un piso con trescientas máquinas apagadas y nadie allí, sobre todo después de haberlo visto con trescientas máquinas encendidas y un ejército de autómatas dando la bienvenida, diciendo su nombre, el nombre de la empresa que representan. Subo un piso más. Voy hasta mi box: nadie, tampoco.
¿Dónde está todo el mundo? En este mismo instante hay un montón de españoles con problemas en sus móviles y aquí, la ausencia. Podría ponerme a correr en bolas, si tuviera ganas, que no. Pero podría. Pequeña P me va a explicar otro día que los del fin de semana renuncian rápido, que nadie se banca mucho trabajar el fin de semana. Es tranquilizador saber que incluso un call center puede volverse algo tan argentino.
Mis compañeros llegan al toque, pero sigue siendo extraño que seamos los únicos. La pregunta que nadie hace es ¿por qué tenemos que venir a trabajar si la empresa no viene a trabajar?
Lo último que voy a hacer es loguearme, que es exactamente lo primero que hace La Peque. “Si te logueás, cobrás”, dice Chico TV, con ese optimismo a prueba del mundo que tiene. Me voy a caminar.
El silencio es ese silencio de tubo de luz, ¿ubican? Como un zumbido que sólo se escucha cuando no hay otra cosa que escuchar. Si escuchás la luz, entonces de verdad estás solo.
Cuatro menos cuarto cae el estoncito buzo Narrow. Yo no tengo por qué estar ahí, boludeando entre los boxes vacíos, pero a él no parece importarle: no me mira, no me habla. Se sienta en un box de supervisor, enciende y ahí se queda. Cuando paso al rato, sigue ahí, la luz del monitor poniéndole azul la cara.
Cuatro y media: nadie.
Cinco: nadie.
Recién a las cinco y media, cuando La Peque lleva dos horas y media logueada y yo diez minutos, el call, perezosamente, empieza a poblarse. Por ahí veo a Platinada platinadísima, enojada con algo. Para las siete todo parece más normal.
En el segundo break: dos mujeres. Una rubia, alta, grandota, tetas grandes, voz en alarido, muy alegre por tratarse de las siete y algo de la mañana, se llama Blanca, me dice. Tiene 47 años y es la única persona, junto con la señora que la acompaña, que vi por arriba de los 40, 35. Es de ventas, y dice que le va bien. Que sale de acá y se va a otro call a vender medicamentos naturales para la comunidad hispana de los Estados Unidos. Que vende unos aceites que te agrandan el pene. No toma café de la máquina. Trajo el suyo. Es viuda y me jura que su hija es vizcondesa.
Chico TV me pregunta si debe agarrar un laburo en Musimundo. Es raro, Chico TV: estudia dirección en canal 7 pero no mira televisión, no sabe nada de Tinelli, ni de Gran Hermano ni de ningún otro programa. En cambio, sabe bastante de química.
-Musimundo, luca cincuenta en la mano, un franco por semana, de 9 a 6, ¿qué decís?
Yo lo miro y me quedo. No me animo a intervenir su suerte. Luca cincuenta en la mano, un franco por semana… no sé, ¿ustedes qué dicen?
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