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martes 16 de octubre de 2007

DIA 28 – Ha sido un placer

Domingo, 3 de la madrugada. Otra vez, nadie: nadie. Me voy acostumbrando.

Al principio es tentador estar ahí, solo. Después te agarra la paranoia de que debe haber cámaras, de que si rompés algo o le echás un meo al box de Platinada Platinadísima alguien te va a ver, a filmar, a castigar: un tarado.

Voy para mi piso.

La escalera la subo deteniéndome cinco segundos en cada escalón, tratando de comprobar qué se oye. ¿Y qué se oye? Nada, el sonido raspado de mis zapatillas sobre cemento crudo, qué otra cosa.
Así que lo que hay es un imbécil a las tres de la mañana en un edificio del Once a medio terminar, con 600 computadoras apagadas distribuidas en sus dos pisos y rollos de alfombra apilados allá más lejos, subiendo interminablemente una escalera y comportándose como un alienado mientras lo rodea algo bastante parecido al absurdo y al vacío.

Cuando llego al box, ella: la Argentina que no es, a la que le tendría que haber ido mejor si hubiera sido, la víctima tintineante de los que sí lo son, de los que renegamos de serlo pero siempre llega el día en que mucho o un poco sí lo somos, digo, argentinos picaruelos que total, capo: total... Cuando llego al box, ella: La Peque.
La Peque necesita la guita y necesita ganarla en ese horario. Y por eso confía. En el soft que la controla y en el control que le paga. Es probable que no tenga la chance de no confiar.

Me logueo. La imagen, vista de la objetividad panóptica, es la de dos perdedores del sistema, encorvados frente a la pantalla, dos cuadraditos grisáceos contiguos con reflejos de monitores en medio de doscientos cuadraditos grisáceos en sombras. Llega Chico TV, no hay día que no llegue sonriendo.

Al rato, lo escucho transferir a alguien al sector personalizado. Le pregunto:

-¿Sector personalizado? ¿Existe eso?
-No sé. Yo invento cosas para que la gente se ponga contenta.

Después de las cinco, caen los primeros. Los boxes un poco se van llenando, un poco. Y los sonidos son leves pero otros.

No sé bien por qué, pero se me ocurre que está bien si me voy. Y salgo a la calle.
Afuera hace un frío de esos medio mal llevados. Y tampoco de noche el Once se parece a Catalinas: acá lo que duerme no son la oficinas de Sun Microsystems.
Vuelvo una hora después y nada parece haber cambiado demasiado, algunos boxes más han entrado en actividad, pero siguen lejos de ser la mitad.

Me cruzo a Blanca en la sala de break del primer piso. Me dice que se viene el cumpleaños de su hija, la vizcondesa. A mi me agarra la marica tierna y me dejo conmover por el esplendor de esa señora que a esa hora de ese domingo y con 47 años está haciendo ese trabajo de vender cosas por teléfono, y que lo haga con esa fuerza y que lo haga con esa alegría, y que tenga una mañana plena porque ya se viene el cumpleaños de la vizcondesa de su hija, qué sé yo, me termina por confundir y no sé si lo que siento se llama envidia o respeto.

Vuelvo a mi sector. La Peque saca clientes, Chico TV parece que está de break. Seguimos sin supervisores. ¿Cómo es posible que los supervisores no vengan? ¿Cómo es posible que no haya control? La verdad, no tardo mucho es contestarme: el control está, porque lo supervisores no son el control, sino, apenas, su coordinación necesaria. El control comienza cuando apretás el enter luego de meter tu clave. Y si no lo apretás, si estás fuera de control, entonces estás fuera de todo: entonces no estás.

Me siento. Me logueo. Atiendo un cliente, el último ojalá que de mi vida. No recuerdo qué me dice. Odio la obligación de ser especiales que tienen algunas cosas. Me deslogueo. Me paro. Miro: de a poco, aisladamente, los globos empiezan a pedir mantenimiento. De golpe, cuando faltan algunas horas para completar mi día 28 adentro de este call center, decido que ya fue. Encaro para la puerta. Y me voy.

Mientras voy saliendo (me odié varios días por esto, pero no lo pude evitar) voy pensando en ese video de Pimpinela, no sé cómo se llama la canción, donde los dos discuten en un subte todo en blanco y negro, y ella le dice que ya no quiere ser más una mujer oprimida, y él le contesta que a dónde vas a ir sin mí chirusita (chirusita no le dice, pero qué bien le hubiera quedado) y ella que no, que ya no me aplastes, que quiero ser yo misma, y él que andá, que qué me importa, y ella lo deja en la estación en sombras, sube por las escaleras, sale a la ciudad y cuando sale un aire le sopla en la cara y el video se vuelve color. Ella sonríe.

Voy por Rivadavia. Después del video de Pimpinela (aquí está) pienso que querrá decir la realidad cuando te hace pensar en un video de Pimpinela. No sé si me le animo a la respuesta.