(Un cliente)
Hoy la clase fue con clientes de verdad. Bajamos hasta donde están las computadoras de verdad. Nos pusimos una vincha de verdad. Le dimos ok a un programa de verdad. Y del otro lado había un español de verdad.
Ay, ¿no es emocionante?
El primer cliente de mi vida me dice que le compró un celular a su hija y que no funciona. El tipo dice: funziona.
Yo, que pare él soy la empresa que le da el servicio, pero en realidad soy la empresa que le da servicio a su empresa, le digo como me enseñó mi profe: manténgase un momento a la espera, por favor. (La importancia de un “por favor” bien puesto, nunca lo olviden). Y lo transfiero a un lugar que, me dicen, van a saber ayudarlo. Bien, esto va a ser todo para siempre, si me quedara para siempre en este lugar.
El chico de la Hoz habla de Escribá de Balaguer y le brillan los ojitos. Me cuenta, después de tres días de Call Center, que en la prelatura le sugieren que tomen trabajos corrientes para conectarse con el mundo real, pero chico de la Hoz se confiesa: su voluntad flaquea, el horario es muy duro, no sabe cómo resistir. Yo le digo que aguante, que no se olvide que acá puede acercarse a una cantidad de jóvenes descarriados que no conocen la palabra de Dios. Se entusiasma. Le digo que acá va a encontrar muchos chicos de clase media que lo van a saber escuchar. La charla termina cuando Martínez de Hoz, con cara de no entendí, me dice: “pará, ¿cuántas clases hay?”
Al lado nuestro, un grupo de agentes bien entrenados atiende clientes de un banco. Algunos están parados, otros buscan el rington de la tarde mientras solucionan llamadas. Son un bardo. Pasa un PM, que es más que un supervisor, con cara de mirá estos pibes y yo que no les puedo decir nada porque tienen otro supervisor y ojalá los tuviera conmigo a ver la cagada a pedos que se comen. Chico Recursos Humanos hace su diagnóstico: “para mi lo que falta ahí es liderazgo, no hay un referente, una autoridad y eso tiene impacto sobre la calidad”. Yo lo miro, es un chico de 22 años hablando como mi papá. Debe tener razón.
Nunca me había pasado de soñar despierto. Es decir, soñar como se sueña dormido, la sintaxis anárquica y sin sentido y un poco estúpida de un sueño real, pero con los ojos abiertos. Me despierta La Peque, jurando que en McDonalds no hay escheriquia coli.

