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jueves 13 de septiembre de 2007

DIA 8 – A 45 segundos de la perfección

Hoy debo haber sacado unos 40, 50 llamados. Una uruguaya quería roamnig, una mujer me preguntó si tenía la polla grande y todos los rumanos de España pasaron por mi auricular.

Parece que el tema es este: la colectividad rumana viene creciendo en la península, no sé que pensará el Partido Popular. Los tipos se compran un telefonito cualquiera, apretan tres botones y enseguida tienen a uno (a mi) del otro lado que les habla en un español que estará todo lo mal regulado que quieran, pero sigue siendo español. A esta altura, los rumanos están perfectamente al tanto de algunas políticas internas de su empresa de telefonía móvil: que su agente de atención al cliente no puede ser nunca (digo: nunca) quien termine la comunicación, por ejemplo, lo que les permite practicar su español de recién llegaditos e ir convirtiéndolo en algo parecido a una segunda lengua. La clase dura lo que ellos necesitan que dure, y es gratis. No puedo evitar que me caigan simpáticos: después de todo, los tipos descubrieron cómo hacerle pagar a la empresa que me contrata y a la empresa que contrata a la empresa que me contrata su curso de castellano básico. Al rato, cuando se cansan de las palabras sin traducción, con la delicadeza de un jabalí, te gritan en el oído: ¡Operadórumano! Y ahí los transferís. Creo que un poco los quiero.

Mi silla de hoy está rota: el respaldo no se ajusta y cada vez que me estiro hacia atrás, medio que me voy. El head set está emparchado con cinta adhesiva y no tiene almohadilla. Ninguno la tiene. La Peque dice que para ella, mejor así.

Todo fue cambiando bastante. Esto no se parece a los días de gloria cuando Gordis Chayanne nos hacía imitar el timbre del teléfono. El box se queda con vos, con todo de vos. Y se va volviendo más difícil hablar con la gente. Mi operador nacionalsocialista favorito es una cosa rubia un puñado de boxes más allá y ya casi no escucho sus deseos de que Macri gane en la Capital. Chico Recursos Humanos tiene el corte del profesional que llega, hace su laburo y se va. La Peque, en cambio, no logra sacarse de encima cierta abnegación del tipo: tengo que estar acá, por mi hija, por mi familia, tengo que estar acá. Se viene del Lanús profundo, La Peque. Su esposo la mira desde la ventana cuando sale a tomar el bondi que pasa dos y cuarto por la esquina. Calladita y breve, La Peque es esa clase de chica sin tiempo para hacerse la nena que se va quedando con tu respeto sin pedírtelo.

Salgo de break: Me tengo que desloguear y loguearme y desloguear y loguearme otra vez… el logueo, en un call center, viene a ser el correlato de la existencia. Logueate, porque si no, nunca estuviste aquí. Podés trabajar todo el día, hacer las cosas bien, hacer las cosas mal, correr desnudo por le pasillo o morir allí mismo, que si no te logueaste, flaco, no me jodas, vos no viniste. Puede suceder también que por error te loguées con la clave de otra persona y lo que trabajes ese día ¿adiviná quién lo va a cobrar? El control es control digital, no le pidas delicadezas.

Bueno, nada, que me voy de break.
En mi pantalla un reloj va marcando el tiempo. Vuelvo a los 15 minutos y 45 segundos. Mónica, una chica morocha y sonriente que se saca la cadenita por sobre el cuello de la polera, me ayuda con las claves. Y me dice: tené cuidado, te pueden apercibir.
-¿Por qué?
-El break son 15 minutos, no quince minutos con 45 segundos.
-¿Me pueden apercibir por 45 segundos?
-Sí, claro, no va a ser la primera vez.

No lo fue, finalmente. Pero no faltará oportunidad.