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viernes 14 de septiembre de 2007
DIA 9 – ¡Hola, chicas desnudas!
Cuatro y media en Buenos Aires. Nueve y media en España. Pocos llamados. Embole. Sueño: problemas con mi sonrisa telefónica.
Un español que parece volver de su caravana me canta al oído: “soy un pimiento, soy un pimiento de verdad”. Después creo que llora.
Miro el piso, una estética de lo seriado.
Los lugares se van transformando en lo que venden. Las carnicerías son frías y grasosas, un pedazo de cuadril enchastrando el mármol. Los cines porno son sucios y oscuros, como nos enseñó el judeocristianismo que es el sexo. Los call center son tensos y susurrantes, una charla entre desconocidos.
Cuento: nueves filas dobles de PC. Hay casi unas cien máquinas. Todo dentro de una especie de arquitectura al paso: las cosas como apoyaditas. Los boxes, las oficinas de los jefes, todo es un kit de tablitas y tornillos listo para ser desarmado, en el caso en que hubiera que ponerse a desarmar, digamos.
La única pared de verdad es la pared donde termina el edificio. Allí, de espaldas al revoque, sentados frente a sus máquinas, sobre una plataforma que los eleva medio metro del suelo, están los supervisores. Desde su altura, mínima pero suficiente, ven al ras la fila de boxes que se extiende hasta el otro lado del piso. Simpático, el panóptico.
Llevo en mí la sabiduría de mis maestros que me marcaron a fuego: no se atiende clientes de pie. Así que cuando me paro, lo hago con el temblor de quien hace lo incorrecto. Una supervisora, muy flaquita, platinada platinadísima, con una gran necesidad de sentirse rubia, me clava la mirada apenas asomo. Después se hace medio la boluda. Después me vuelve a mirar. Después la boluda otra vez. Yo hago movimientos del tipo ay, me contracturo, pero sé que no puedo hacer durar la escena más de 20 segundos. Hasta que no me siento, platinada platinadísima no deja de relojearme.
Un cliente dice: “hola, chicas desnudas”. Parece que hay una opción “adultos” que la compañía les ofrece a sus clientes. Y los tipos llaman, lógico. Yo, que no tenía idea, le repito el saludo + nombre + en qué puedo ayudarle. La voz no parece estar interesada en abrir el diálogo: “chicas desnudas”, insiste. Hay una opción para llamadas de broma que me permitiría cortarle, pero decido utilizar al cliente para ponerme de pie de una vez por todas y encarar a un supervisor. Dejo en hold a mi amigo el onanista con el miedo de provocar un túnel oscuro rebotándome en la cabeza. Busco a platinada platinadísima pero no la encuentro. Me ayuda otro supervisor, un chico flaquito y de flequillo, buena onda. Me explica que sí, que también hay de eso, que bla que bla. Y me termina diciendo lo que me van a decir de acá al final de mis días en el call cada vez que haga una pregunta: “transferí”. Vuelvo. Habrán pasado unos 50 segundos, y el tipo sigue ahí. Me dicen que el español te espera así te hayas tomado vacaciones. Tranfiero. A veces me gustaría saber que será de los tipos que transfiero.
Un español que parece volver de su caravana me canta al oído: “soy un pimiento, soy un pimiento de verdad”. Después creo que llora.
Miro el piso, una estética de lo seriado.
Los lugares se van transformando en lo que venden. Las carnicerías son frías y grasosas, un pedazo de cuadril enchastrando el mármol. Los cines porno son sucios y oscuros, como nos enseñó el judeocristianismo que es el sexo. Los call center son tensos y susurrantes, una charla entre desconocidos.
Cuento: nueves filas dobles de PC. Hay casi unas cien máquinas. Todo dentro de una especie de arquitectura al paso: las cosas como apoyaditas. Los boxes, las oficinas de los jefes, todo es un kit de tablitas y tornillos listo para ser desarmado, en el caso en que hubiera que ponerse a desarmar, digamos.
La única pared de verdad es la pared donde termina el edificio. Allí, de espaldas al revoque, sentados frente a sus máquinas, sobre una plataforma que los eleva medio metro del suelo, están los supervisores. Desde su altura, mínima pero suficiente, ven al ras la fila de boxes que se extiende hasta el otro lado del piso. Simpático, el panóptico.
Llevo en mí la sabiduría de mis maestros que me marcaron a fuego: no se atiende clientes de pie. Así que cuando me paro, lo hago con el temblor de quien hace lo incorrecto. Una supervisora, muy flaquita, platinada platinadísima, con una gran necesidad de sentirse rubia, me clava la mirada apenas asomo. Después se hace medio la boluda. Después me vuelve a mirar. Después la boluda otra vez. Yo hago movimientos del tipo ay, me contracturo, pero sé que no puedo hacer durar la escena más de 20 segundos. Hasta que no me siento, platinada platinadísima no deja de relojearme.
Un cliente dice: “hola, chicas desnudas”. Parece que hay una opción “adultos” que la compañía les ofrece a sus clientes. Y los tipos llaman, lógico. Yo, que no tenía idea, le repito el saludo + nombre + en qué puedo ayudarle. La voz no parece estar interesada en abrir el diálogo: “chicas desnudas”, insiste. Hay una opción para llamadas de broma que me permitiría cortarle, pero decido utilizar al cliente para ponerme de pie de una vez por todas y encarar a un supervisor. Dejo en hold a mi amigo el onanista con el miedo de provocar un túnel oscuro rebotándome en la cabeza. Busco a platinada platinadísima pero no la encuentro. Me ayuda otro supervisor, un chico flaquito y de flequillo, buena onda. Me explica que sí, que también hay de eso, que bla que bla. Y me termina diciendo lo que me van a decir de acá al final de mis días en el call cada vez que haga una pregunta: “transferí”. Vuelvo. Habrán pasado unos 50 segundos, y el tipo sigue ahí. Me dicen que el español te espera así te hayas tomado vacaciones. Tranfiero. A veces me gustaría saber que será de los tipos que transfiero.
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